«El idioma del dolor», por Ismael Jalil desde Irak

Segunda crónica de Ismael desde la IV Conferencia de la Campaña Global por el Derecho al Retorno del Pueblo Palestino en Irak: ¿cuál es el idioma del dolor?

Por Ismael Jalil/

¿Cuál es el idioma del dolor?

Debía hablar sobre las actividades de este día en Karbala. El mismo en que diera comienzo la IV Conferencia de la Campaña Global por el Derecho al Retorno del Pueblo Palestino.

Puedo referirme a la sede universitaria en dónde se hizo la inauguración. Porque el ornamento y la prestación de ese sitio soberbial muestra claramente por qué este país fue cuna de civilizaciones. Y sobre todo como hay quienes entienden la necesidad de la educación como herramienta liberadora. Y la diferencia entre gasto e inversión. Nuestro bizcochito fantoche debería saberlo si todavía aspira al Nóbel de la crueldad.

Hubiera yo elegido el tremendo y emotivo discurso de Vanina Biassi que puede hinchar de orgullo a los corazones argentinos. Fue verdaderamente una pieza oratoria en la voz de la única mujer oradora del Evento.

O en la increíble letanía con el que un hombre transmitió el sura del Corán.

Y hasta del variopinto escenario de personalidades políticas, religiosas y sociales con el que se anotaron un poroto los organizadores que se abrieron e integraron a todos quienes luchamos por la causa Palestina sin sectarismos y convencidos de que es la gran causa del Sur Global. Acierto nada menor frente a la soledad de un enemigo sionista que solo puede apelar a los despachos oficiales que huelen a perfume de nota y tienen sus manos manchadas con sangre igual que el carnicero Netanyahu, como lo calificó la misma Vanina.

Podría empezar por cualquiera de ellos, pero reparo en el final de la ceremonia porque la pregunta del inicio repica una y otra vez. ¿Cuál será el idioma del dolor?

Un hombre alto vestido de túnica blanca se acerca al proscenio en donde hay dispuestos unos bultos tapados con una manta negra. ¡El hombre clama a Dios, a los hombres, a la impiedad! Lo hace en árabe. Entonces corre la tela negra y aparecen los diez bultos amortajados de blanco. Levanta uno aún sangrando y sigue clamando a Dios, a los hombres, a la impiedad. No se qué decía exactamente, pero no era necesario.

Entonces me fui en silencio hacia un rincón donde había una mujer de estricto hiyab llorando desconsoladamente. Me pareció que la consolaba César Vallejo, el poeta del dolor.

Le decía:

«Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!»