El auge de las corrientes de ultraderecha recorre al mundo. Pero: ¿cuál es la causa? ¿De donde emerge y que fines persigue? ¿Cómo se relaciona con la evolución de la sociedad capitalista?Apuntes desde una perspectiva que intenta entroncar con la tradición explicativa del marxismo revolucionario sobre la evolución política de los dos líderes, Trump y Milei, más notorios en este proceso.
Por Luis Brunetto/
El fascismo
El fascismo clásico fue hijo de la imposibilidad de resolver la crisis capitalista de posguerra mediante los instrumentos políticos de los que disponen las instituciones parlamentarias del estado burgués. Cómo programa de salida a la crisis, promovió la exacerbación del imperialismo hasta los límites del expansionismo abierto por un lado, y la profundización de la superexplotación de las masas trabajadoras hasta el límite del uso del trabajo forzado semiesclavo por el otro. Esto exigía, en la medida en que había que chocar con otras naciones y con la resistencia de las clases trabajadoras sólidamente organizadas por comunistas y socialistas, métodos de guerra imperialista y de guerra represiva interna. De esa base surge la necesidad de un estado totalitario, concentrado al extremo en el poder bonapartista personal único representado, por ejemplo, en Alemania, por la figura del führer.
Es lógico que el fascismo, como señaló Trotsky, triunfara en países capitalistas que podían aspirar a un destino imperialista pero se desarrollaron tardíamente, como Italia y, sobre todo, Alemania. El «imperialismo democrático» del «imperio constitucional» del Kaiser, cuyo esfuerzo imperialista de guerra fue sostenido incluso por la propia socialdemocracia, era según los nazis la causa de la derrota. Sólo un régimen unipersonal dirigido por un Fuhrer que concentrara todo el poder y pusiera orden en una sociedad marcada por la intensidad extrema de la lucha de clases, podía conducir a Alemania a su destino de gloria imperial.
El imperialismo occidental tradicional anglo- francés, en cambio, no dependía de violar las normas de su propio régimen político, la democracia burguesa, para defender su dominio colonial y semicolonial sobre las dos terceras partes del planeta. Había justamente forjado ese destino imperial sobre la base del predominio de las instituciones parlamentarias. Los pujantes EEUU, cuyo territorio nacional proveyó durante décadas los recursos naturales y la fuerza de trabajo necesarios para convertir al país en potencia capitalista, tampoco necesitaban remplazar las instituciones burguesas de la «mayor democracia del mundo» para poder convertirse en la potencia imperialista hegemónica. Los 50 estados cumplían hasta entonces holgadamente la función del «espacio vital» que Hitler, en cambio, necesitaba desesperadamente conquistar en la mismísima Europa.
El fascismo proclama abiertamente su carácter imperialista, que pretende justificar con argumentos ideológicos racistas, supremacistas y socialmente eugenésicos. El proyecto de supremacía imperial de la propia nación canaliza la frustración y la impotencia de las capas medias, cuya existencia social se ve permanentemente amenazada por el régimen social del gran capital. Las minorías ocupan el lugar de chivos expiatorios que explican el fracaso del destino superior de la nación y, con él, el destino personal del «pequeño emprendedor»: los migrantes, las diversidades sexuales, los musulmanes, los negros, los judíos… Las minorías parasitan, en la narrativa fascista, a la nación, y son las responsables del desorden y el caos. El comunismo, enemigo real en el ciclo fascista clásico, e ilusorio, en términos de su potencia política real, en el ciclo ultraderechista actual, opera como un concepto que concentra esos elementos en un enemigo total. Todos, por supuesto, son comunistas…
Trump demoniza y persigue a los migrantes que llegan a EEUU compelidos por la miseria de sus países de origen provocada a su vez por la sumisión al dominio imperialista, y los culpa de la degeneración moral de la sociedad yanqui. Milei persigue al movimiento piquetero, que reclama seguro de desempleo y trabajo genuino en un país que sufre una desocupación estructural permanente desde mediados de los ’90, y acusa a sus miembros de vagos y «planeros» (por los planes de ayuda social), mantenidos por las dos terceras partes de la sociedad que «trabajan». En su época, Hitler y los nazis narraban la derrota alemana en la primera guerra como producto de «la puñalada por la espalda» judeo- bolchevique.
Justamente, el turno decisivo del fascismo clásico llegaría sólo después del fracaso de la salida comunista a la crisis alemana. Hasta el fallido Octubre alemán de 1923, que cerró el ciclo revolucionario abierto por la novemberrevolution de 1918, nadie esperaba en el país o en el mundo otra cosa que la proclamación revolucionaria de la República Soviética germana. El fracasado putsch nazi de la cervecería de Münich se produjo el 9 de noviembre de 1923, dos días después de la fecha original que la Internacional Comunista, el Partido Comunista alemán y el Partido Comunista de la URSS habían fijado para dar inicio a la insurrección armada. Es probable que Hitler y sus secuaces pretendieran hacer de Baviera un bastión reaccionario contra la «Alemania bolchevique». Como sea, recién entonces los nazis, ante el fracaso comunista, pudieron iniciar el camino que los llevaría al poder 10 años después.
Trump
Teniendo en cuenta aquel señalamiento de Trotsky se comprende que la tendencia al fascismo recrudezca en EEUU, encarnada en Donald Trump, en el período de su decadencia como potencia imperialista, desafiada su hegemonía por el ascenso de China. El slogan de las bases «plebeyas» del trumpismo, MAGA, lo expresa realmente bien…
Sin dudas, el trumpismo ha hecho pie en muy importantes franjas de las clases populares, pero: ¿representa el triunfo de Trump un corrimiento completo de las masas estadounidenses hacia una salida fascista? Es cuestionable: los demócratas perdieron 10 millones de votos respecto a las elecciones de 2020. Más que como un triunfo de Trump la elección de noviembre parece explicarse como una derrota de Biden, causada sobre todo por su sostenimiento orgánico de la guerra genocida del sionismo contra Palestina. En todo caso, está claro que hay importantes franjas de las masas que no se han corrido a la derecha. Hay por lo tanto condiciones para atraer a la base demócrata que, por ejemplo, siguió en su momento a Sanders, hacia la construcción de un partido obrero independiente, que rompa con el sometimiento del movimiento obrero a los demócratas.
El establishment yanqui, por su parte, pareciera seguir prefiriendo, para afrontar el desafío chino, al régimen político bipartidista administrado por las burocracias republicana y demócrata, en lugar del proyecto de guerra arancelaria trumpista. A eso se suma la natural desconfianza del gran capital respecto del plebeyismo capaz de producir hechos como el asalto al Capitolio, que parece haber provocado en la gran burguesía yanqui el efecto inverso al de «la noche de los cuchillos largos» con la que Hitler selló su pacto con la gran burguesía alemana. El problema es que el consenso bipartidista parece haber sido arrasado por la influencia del discurso y el programa MAGA entre los republicanos, entre los que se ha extendido decisivamente incluso en el personal dirigente del partido.
El cortocircuito explícito y previsiblemente duradero entre Trump y la Reserva Federal, la institución que más se aproxima a representar el interés de conjunto de la burguesía imperialista yanqui, refuerza la idea de que el aislacionismo de Trump no es la opción ideal para el establihsment, que preferiría mantener los métodos tradicionales y seguir alimentando la guerra en Ucrania o la guerra genocida del sionismo en Palestina. En cualquier caso, sea por la vía bipartidista tradicional o por la del aislacionismo arancelario de Trump, la naturaleza imperialista de la crisis conduce a la globalización de la guerra imperialista.
Entre los miembros destacados de la gran burguesía Trump ha reclutado el apoyo explícito de Elon Musk, y al parecer en las últimas semanas, el del progresista converso Mark Zuckerberg. Pero Musk parece más bien un outsider dentro del conglomerado de los grandes capitalistas. Sí es un elemento a registrar su compromiso político explícito, algo que diferencia al actual ciclo del del fascismo tradicional. Es verdad que, por ejemplo, Henry Ford fue un abierto promotor del nazismo, amigo personal de Hitler, al igual que el rey británico Eduardo VIII. Pero ambos eran partidarios de un régimen exitoso fuera de su país, y ambos fueron rechazados por el establishment burgués del propio. Habrá que ver si, por ejemplo, Musk se propone desarrollar una carrera política propia, cosa que lo llevaría a desafiar el bonapartismo trumpista.
Milei
En el otro extremo de la estructura imperialista mundial, la irresolución de la crisis del capitalismo argentino, que se arrastra en un estancamiento crónico desde que la explosión de la crisis mundial del 2008 puso fin a la utopía del último ciclo nacionalista burgués encabezado por Néstor y Cristina Kirchner, es el fundamento del proceso que condujo al triunfo de Milei. El fracaso del último gobierno kirchnerista de Alberto y Cristina, que se sometió contra sus promesas electorales al FMI y pagó religiosamente incluso la deuda fraudulenta contraída por Macri a la que había prometido, al menos, investigar, volcó a toda una franja de la clase trabajadora hacia el voto a la ultraderecha mileista y garantizó su triunfo en 2023.
Según Trotsky, en un país semicolonial como la Argentina un gobierno fascista sólo puede representar el interés directo del capital extranjero imperialista. Probablemente el gobierno de Milei sea, en la historia argentina, lo más parecido a eso. No es una casualidad que el proceso de sometimiento semicolonial de la Argentina, cuya política económica es determinada por el FMI desde hace décadas mediante el remache de las cadenas inviolables de la deuda externa, encontrara en el gobierno de Milei la expresión más fiel del proceso de degradación nacional al que condena al país la vigencia del régimen capitalista.
Tanto la dictadura militar como el macrismo representaban franjas del gran capital nacional. Milei en cambio choca, en nombre del libre comercio, incluso con los más grandes capitalistas nacionales, como Rocca del grupo Techint, o con la muy reaccionaria burguesía agraria, a la que le mantuvo las retenciones a las exportaciones hasta que la penuria de dólares lo obligo a rebajárselas. Los empresarios nacionales más cercanos a Milei como Galperín, el actual canciller Werthein o Elztain, se dedican a rubros ligados al comercio internacional, a las actividades inmobiliarias y a las finanzas. En el caso de Elztain, se lo tiene por testaferro de capitales ligados al sionismo.
Milei es visto como una espacie de «ideólogo mundial» de la nueva ultraderecha que tiende al fascismo. Puede parecernos un ´payaso, pero muchas de las aberraciones que defiende pueden volverse perfectamente reales si el capitalismo sobrevive. La caída de la tasa de ganancia obliga a los capitalistas a buscar nuevas esferas de inversión mercantilizando todas los aspectos posibles de la vida natural y social. Esa búsqueda de campos de inversión que ofrezcan tasas de ganancias extraordinarias explica el proceso en curso de simbiosis entre el gran capital y el crimen organizado. El tráfico de drogas, personas, órganos, o el oscuro mundo de las finanzas cripto, son a su vez otros tantos campos de inversión que ofrecen tasas de ganancias muy por encima de la media. En la Argentina, la reinversión del excedente sojero en el negocio del narcotráfico es la explicación del auge narco en la portuaria Rosario. En la nueva gran superpotencia capitalista que desafía la hegemonía estadounidense, las mafias vinculadas con el aparato del PCCH juegan un papel fundamental para el desarrollo, por ejemplo, de iniciativas clave como la Ruta de la Seda.
Milei, por tanto, no hace más que proponer la legitimación de prácticas inhumanas y aberrantes, pero que pueden perfectamente legalizarse en el mundo inhumano y aberrante de la decadencia capitalista. Si la supervivencia del régimen capitalista depende de la mercantilización de todos los aspectos posibles de la vida en el planeta: ¿Por qué no se podrían vender legalmente en el capitalismo futuro órganos, niños, etc.? ¿Acaso el mundo que describen films como Paradise no se parece al que propone Milei? ¡Realmente nos parece tan inverosímil! Como el perverso científico Vergerus de El huevo de la serpiente, Milei parece transmitirnos imágenes que se dejan ver a través de la traslúcida membrana de un futuro capitalista cada vez más bárbaro.
Por último, hay otro aspecto del discurso político de Milei que debe ser registrado: la defensa del monopolio. En Davos y en otros foros, Milei se atrevió a desafiar la lógica de la libre competencia que es clave en el ideario liberal de la burguesía, acusando de izquierdistas incluso a los neoclásicos. Probablemente, y paradójicamente, desde Kautsky, aunque por supuesto con otros argumentos, ningún personaje de alguna importancia haya defendido tan abiertamente la lógica económica del monopolio. Milei no hace más que proclamar lo que es una verdad incómoda para la burguesía: como demostró Lenin, la libre competencia engendra el monopolio y del monopolio no se vuelve. Se lo supera con la expropiación por la revolución proletaria, o se lo acepta como la fuerza dominante de la economía capitalista. En esas condiciones, las viejas instituciones de Bretton Woods, que también cuestiona Trump, el orden salido de la segunda posguerra y que sobrevivió a la disolución de la URSS ya no tienen nada que hacer. Milei propone la reorganización del orden mundial sobre la base de la legitimación de la lógica del monopolio.
No es fascista quien quiere sino quien puede…
Ni Trump ni Milei han conseguido todavía concentrar en sus manos personalmente todo el poder político. Más aun, todavía se encuentran muy lejos de ese objetivo. Sin embargo, el auge ultraderechista y la reaparición política de la tendencia hacia el fascismo, está determinada como dijimos por la permanencia objetiva de la crisis capitalista. La tendencia al totalitarismo que se deduce del propio desarrollo del sistema capitalista, sobre la que se apoyan y a la que refuerzan pero no explican factores de orden subjetivo, es la base fundamental del auge ultraderechista.
El programa capitalista de salida a la crisis tiene como ejes centrales la globalización de la guerra por el dominio del mercado mundial y la profundización de las condiciones de superexplotación de las masas trabajadoras. Ese programa exige una creciente centralización y concentración del poder político. En qué medida los estados burgueses asumirán rasgos cada vez más autoritarios y represivos, en qué medida esos rasgos se aproximarán a los rasgos típicos del fascismo, en qué medida desplazarán a los mecanismos de la democracia burguesa, o si darán origen a nuevas formas de totalitarismo burgués, no podemos todav´´ia saberlo.
Es lógico que la tendencia se manifieste con enorme fuerza y repercusión política en dos de los extremos de la cadena de la crisis del capitalismo imperialista: en la potencia hegemónica en decadencia por una parte, y en un país degradado y sometido mediante el mecanismo opresor de la deuda externa a la fiscalización imperialista permanente del FMI, por el otro. En el primer caso prometiendo el retorno a la edad de oro del american way of life. En el segundo legitimando y embelleciendo el destino semicolonial que aparece como único destino nacional posible después del fracaso del nacionalismo burgués.
Ambos extremos son la expresión más explosiva de la crisis que el capitalismo imperialista, sea en su fachada demócratica o sea en su fachada fascista, a causa justamente de la propia naturaleza capitalista de la crisis, no puede resolver. El imperialismo como método de resolución de la crisis conduce a la catástrofe de la guerra global y permanente y, con ella, tal vez, incluso, es perfectamente posible, al fin de la humanidad.
Solamente la supresión del régimen burgués por las masas trabajadoras del mundo puede abrir el camino a un orden nuevo mediante la revolución proletaria. ¿Será posible que, a la inversa del ciclo revolucionario de la primera posguerra, la revolución socialista aparezca ahora como reacción al desastre al que llevaría a la humanidad la fascistización del mundo?
En cualquier caso, es la única solución posible…
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