«Las consecuencias económicas de la guerra atan a Israel», por Mario Campa

El costo de la guerra en Gaza y ahora el de los ataques a Irán condicionan a la política exterior de Israel y la empujan a la guerra permanente.

Por Mario Campa para Diario Red/

Israel tiene incentivos perversos para desatar más caos en Medio Oriente ya convencido el compinche. Sabe que una parte del costo militar será absorbido por Estados Unidos y los intereses imbricados. Ciertamente, la historia, los vínculos de sangre, los lazos económicos, la afinidad cultural y el poder de cabildeo pesan. E Israel, como es de esperar, exprime al máximo una relación simbiótica —no parasitaria—. Además del poderío militar, la desactivación de alianzas rivales y el blanqueo, el hegemón controla el grifo del dinero. Hoy más que nunca, Netanyahu dependía de Washington. Y este escuchó.

Incluso antes de la operación Midnight Hammer, el panorama fiscal ataba de manos a Israel. El gasto en defensa escaló 65 por ciento en 2024 para representar un elevado 8.8 por ciento del PIB. El déficit presupuestario alcanzó el 6.9 por ciento en 2024, nivel más alto desde la pandemia. Como consecuencia, la relación entre la deuda pública y el PIB escaló a 69.0 por ciento desde 61.3 por ciento en 2023. Las tres agencias grandes —S&P’s, Moody’s y Fitch— recortaron la calificación crediticia en 2024 y mantienen una perspectiva negativa. El costo militar drena presupuesto.

El bombardeo cruzado con Irán deterioró más las finanzas públicas. The Marker, diario financiero israelí, estima que la defensa aérea de Israel está costando 285 millones de dólares la noche. Es decir, 1 por ciento del presupuesto público cada 4 días. Al asumir que Irán posee ahora mismo entre 500 y 1000 misiles balísticos después de haber disparado algunos cientos y haber perdido otros tantos en la refriega, el costo unitario de los interceptores Patriot (4 millones de dólares), Arrow (3 mdd) y Honda de David (1 mdd) multiplicado por 30 días arroja una suma total de entre 1.5 y 4 mil millones de dólares, según el mix empleado. El rango alto representaría el 0.8 del PIB si el conflicto dura solo un mes.

Claro está, falta el gasto ofensivo. De acuerdo al Banco de Israel, la movilización terrestre en Gaza llegó a quemar unos 600 millones de dólares por semana por al menos tres factores: (1) la movilización de un gran número de reservistas, (2) la evacuación de residentes y (3) el cierre del sistema educativo con la correspondiente afectación a la productividad laboral de los padres. Ahora frente a Irán, el combate por aire generaría los mayores costos. Al asumir unos 100 a 200 despegues de aviones caza F-35, cuyo costo por hora de vuelo es de 42 mil dólares, y sumar las municiones, un cálculo conservador añadiría 1 a 2 mil millones de dólares extra durante 30 días de combate intenso.

Ahora bien, un conflicto mayor dispararía el gasto militar. Durante la destrucción de Gaza, el Ministerio de Finanzas estimó el costo directo salarial para 100 mil reservistas —de los 300 mil usados— en unos 20 millones de dólares. Además, calculó un costo adicional USD 9 millones por día en alojamiento y la alimentación, y un costo indirecto por la producción perdida en USD 29 millones al día. Al sumar los tres componentes, el costo total diario por cada 100 mil reservistas rondaría 58 millones de dólares. Sin embargo, se calcula que la guerra total con Irán exigiría movilizar los 170 mil miembros activos y 465 mil reservistas con un costo estimado de USD 174 a 270 millones diarios, sin contar el gasto regular.

Asimismo, la economía no militar padecería afectaciones. En la primera semana de la escalada, el Ministerio de Turismo registró a 22 mil turistas que buscaban salir de Israel pero no podían por el cierre del espacio aéreo. Daños severos a infraestructura estratégica, como la refinería de Haifa o la estación de trenes de Beerseba, ocasionarían pérdidas adicionales. Además, los bombardeos de las principales ciudades provocarían desplazamientos y ausentismo laboral. Por un cúmulo de factores, las probabilidades de recesión en una guerra total son altas.

A ello se añade una macroeconomía frágil. Según cifras de la Oficina Central de Estadística, el PIB per cápita se contrajo un 0.3 por ciento en el 2024 tras una caída de 0.1 por ciento el año anterior. Por su parte, la inversión en activos fijos cayó un 5.9 por ciento. En cuanto al sector externo, las exportaciones declinaron un 5.6 por ciento en 2024 tras un descenso del 1.1 por ciento en 2023. Uno de los pocos componentes en expansión fue el gasto del consumidor, arriba en 2024 un 3.9 por ciento espoleado por la explosión del gasto público. Todo considerado, el horno no está para bollos de guerra.

Frente a una economía israelí vulnerable, el arma principal de Irán es geográfica: la capacidad de cerrar el estrecho de Ormuz, un embudo comercial vital para el sector energético. Punto de salida del Golfo Pérsico, por sus aguas transita el 20 por ciento del petróleo mundial, sobre todo en dirección a China, India, Japón y Corea. Un bloqueo prolongado dispararía los precios del crudo y compensaría una menor producción por represalias y una probable caída de la demanda global. Este amortiguador que semeja un recorte coordinado de la OPEP jugaría en contra de Israel.

Esa confluencia del deterioro fiscal, la fragilidad económica y la amenaza iraní sugiere que la capacidad de Israel para absorber el choque de una guerra total estaba mermada. Sin la complicidad de Trump, un conflicto mayor demandaba una deuda masiva. Tasas de interés elevadas, afectadas por inminentes recortes a la calificación crediticia, disparaban las probabilidades de hiperinflación, crisis de deuda soberana y medidas de austeridad en la posguerra. Con un gobierno extremista como el de Netanyahu, una fiscalidad progresiva como válvula de escape lucía impensable. Midnight Hammer fue la salida económica, pero Irán podría escalar.

Semejante panorama ata aún más el destino israelí a los Estados Unidos. Es previsible que Israel toque las puertas del Congreso estadounidense. Además, el Fondo Monetario International (FMI) podría complementar el financiamiento, como lo hace hoy en UcraniaEncima, Washington brindaría su venia para la emisión y colocación de deuda en los mercados internacionales, como lo hizo antes con J.P. Morgan y los alemanes en el Plan Young (1925). En definitiva, Netanyahu necesita de Trump para bailar este tango —aunque encienda los celos de Milei.

Pero atar su suerte al “destino manifiesto” conlleva riesgos. China es su segunda fuente de importaciones y su tercer destino de exportaciones, y enemistar al futuro por un anclaje al pasado sería costoso. Por otra parte, el galopante rechazo al déficit fiscal en los Estados Unidos puede conducir a Israel a un callejón sin aparente salida, como el de Ucrania. Súmese que algún candidato demócrata podría prometer revertir el daño infligido por Trump, incluido el geopolítico. Pero como dice un resabio, “no se hagan bolas”: Israel no tenía de otra, al menos mientras Netanyahu no sacie la sed de revancha y siga con licencia para matar.