Raquel Varela: “El teletrabajo convierte en tortura nuestras casas”

Raquel Varela (Cascais, Portugal, 1978) es historiadora, investigadora y profesora en la Universidad Nueva de Lisboa. Está especializada en historia del trabajo, condiciones laborales, movimiento obrero e historia europea del siglo XX.

Entrevista de Mónica Salas para Faro de Vigo de Galicia/

Siendo esta pandemia menos letal que otras a lo largo de la historia, ¿por qué el daño económico es y será tan elevado?

-Por dos razones fundamentales. La primera es que los servicios de salud han sido desmontados de su excedente. Si miras una autopista, tiene dos o tres vías y una cuarta de parada. Esta vía cuesta mucho construirla pero casi nadie la utiliza, solo cuando hay un accidente. En los servicios de salud necesitamos también de una vía extra para situaciones de excepción. Lo que pasa es que los países del proceso neoliberal han desmontado esta vía de seguridad y han reducido los centros sanitarios al mínimo para funcionar. Los gobiernos tuvieron la idea medieval del confinamiento, que se aplicaba cuando no había ciencia, no existían servicios públicos de salud… Los gobiernos capitalistas del mundo tuvieron que admitir que no tienen medios para combatir una pandemia de baja letalidad. Imagínese si hay una pandemia de alta letalidad. La única solución es una idea completamente enloquecedora desde el punto de vista de la salud mental y física de la gente que es el confinamiento, y que tiene un impacto destructivo en la economía. Se habla ya de que hay 30 millones de personas que pueden morir de hambre, se habla ya de una pandemia mental tremenda…

-¿Y la segunda razón?

-Tiene que ver con el capitalismo y su desigualdad social; no es una economía solidaria. Los trabajadores están pagando la factura de la crisis y no quienes tienen grandes ganancias. Y el dinero no produce dinero.

-¿Qué tienen que hacer los gobiernos para estar preparados ante una pandemia mayor?

-Como decía, nos estamos enfrentando a una pandemia de bajísima letalidad. Más del 80 % de la gente es inmune por naturaleza. Y del 20 % restante -y esto son hipótesis, no hay certezas-, el 80 % tiene síntomas ligeros. Estamos hablando de una dureza que afecta a una parte muy pequeña de la población. Y aun así está siendo una catástrofe. Lo que tenemos que hacer es situar a los servicios públicos fuera de la ganancia, tenemos que considerarlos esenciales y pagar muy bien a los funcionarios públicos, porque son los garantes de la civilización. Y eso implica una inversión en trabajadores, no en tecnología y máquinas. Nosotros necesitamos gente que trabaje. No podemos seguir premiando a los empresarios del mundo que ganan millones y consentir que los servicios públicos funcionen con salarios que no permitan soñar. Hay que devolver la esperanza a los centros de trabajo, hay que devolver la autonomía, la creatividad, la reducción del horario del trabajo, la progresión en la carrera… La gente tiene que trabajar feliz; el trabajo no puede ser una tortura.

-¿Cree que hemos escarmentado con el Covid y que aplicaremos su receta?

-Yo no creo que las sociedades funcionen por causa de la racionalidad científica, sino por la fuerza política. No he visto nada en los gobiernos europeos que muestre un cambio en las políticas. La gran política ahora es la reconversión industrial a la tecnología 4.0 de industria verde cuando lo que necesitamos más que nunca son educadores, médicos, enfermeros, transportistas… Necesitamos cuidar a quien trabaja, no necesitamos una supuesta inversión de capitales en maquinaria.

-¿Estamos ante una nueva revolución laboral con la irrupción del teletrabajo como algo no excepcional?

-Yo no diría una revolución laboral, sino una contrarrevolución, porque es dramática la gestión que se está haciendo del teletrabajo. Cuando más necesitábamos del trabajo colectivo, en equipo, creativo… Estamos devolviendo a la gente a su casa, transformando no el trabajo en una casa acogedora, sino nuestra casa acogedora en una tortura de trabajo. Desaparece la frontera entro lo público y lo privado y se intensifica mucho la demanda de trabajo. Lo que pasa con el teletrabajo es una intensificación de la ganancia de las empresas, porque disminuyen los costes inmediatos e invaden la casa de la gente.

-Pero parece que ha llegado para quedarse…

-Es fundamental el trabajo en equipo. Los centros de trabajo no son solamente un espacio físico lejos de casa, son un espacio colectivo de trabajo en el que tu aportación es la cooperación. Son locales de proximidad social. Trabajar en casa es contrario a la idea de que tú contribuyes para mí y yo contribuyo para ti.

-¿Qué opina de los robots?

-Como toda maquinaria, si sustituyen trabajos que implican mucho esfuerzo o repetición son bienvenidos. Pero son bienvenidos para qué: ¿para reducir o aumentar el trabajo de toda la gente? ¿Para mandar a unos al paro y que otros tengan que trabajar más? Con la tecnología tenemos que hacernos la pregunta de para quién se produce y a beneficio de quién. No es tanto la tecnología en sí, sino las relaciones sociales en torno a la tecnología. Nunca se ha hablado tanto de robots como hasta ahora y resulta que vemos las calles llenas de hombres transportando comida para llevar a sus espaldas como si fuesen animales. Por tanto, la tecnología no se introduce en beneficio de la mayoría; la intención es aumentar el paro y al mismo tiempo utilizar los músculos de la gente. Otra cosa que pasa mucho en Europa es el aumento de los turnos de noche. Los médicos y enfermeros necesitamos que trabajen por la noche. Pero, ¿por qué la gente está fabricando coches a las cinco de la mañana? ¿Hay alguna necesidad de eso? Tenemos que pensar en una sociedad más equilibrada.

-¿Por qué Portugal ha afrontado la crisis sanitaria mejor que España?

-Nosotros no sabemos si Portugal afrontó mejor la crisis, porque hay una mortalidad altísima sin explicar. Se habla de 5.000 o 6.000 personas fallecidas que no tienen causas, que incluso pudieron morir por el Covid. Y eso no nos coloca en la mejor posición. Yo creo que, por ahora, es una duda estadística más que una certeza política. La forma de contabilizar los enfermos y los muertos es muy diferente de un país a otro. Aunque Portugal sigue teniendo, después de la revolución de los claveles, un sistema de salud robusto, que vive mucho de la dedicación de los profesionales.

-¿Se respira miedo en las calles?

-Me parece obvio que hay una gestión del miedo por parte del poder político en todo el mundo. Estamos ante una gestión irracional de Trump y Bolsonaro y una gestión del miedo por parte de los otros gobiernos. Me parece que la gestión de la pandemia se debería hacer en base a un cambio radical de los sistemas de salud, y menos en base al miedo. Porque el miedo acaba por no funcionar o por tener contraindicaciones gravísimas. La gente habla de distanciamiento social. El distanciamiento social es lo peor que puede acontecer al mundo; el mundo vive de muros, de xenofobia, de nacionalismos, de diferencias de clases sociales, de diferencias de barrios… Necesitamos de mucha proximidad social. En todo caso, necesitamos distanciamiento físico mientras que no cambien los sistemas de salud. Pero esta gestión del distanciamiento físico no puede ser eterna. La gente necesita tocarse, amar, abrazar… Hay personas mayores que no pudieron ver a sus hijos antes de morir. A mí me parece que estas soluciones fueron muy precipitadas. Y la alternativa no es ser Trump, que es un loco en el mundo, pero tenemos que pensar otras alternativas que respeten al humano por encima de la biología. El humano es mucho más: es su pensamiento, sus emociones, sus relaciones. No somos animales.

-¿Cuáles son las claves del milagro económico de Portugal?

-No creo que Portugal haya evolucionado mucho económicamente. Lo que pasa es que el salario mínimo se extendió a casi un millón de personas y antes llegaba a 250.000. Los salarios de Portugal son una especie de China en Europa. Están cayendo a pique y la gente para vivir tiene que trabajar dos veces o tener dos trabajos. El aumento de la productividad es, por tanto, relativa y está basada en los bajos salarios. Es un milagro un poco chino, un milagro hecho con el esfuerzo de la gente y a medio plazo eso va a significar una quiebra de la productividad, porque no hay productividad con bajos sueldos en ningún lugar del mundo.

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