“Bienaventurados los pobres” por Damián Ripetta

Las declaraciones de Emilio Pérsico, principal dirigente del Movimiento Evita y secretario de Economía Social del gobierno de Alberto Fernández, acerca de la tarjeta Alimentar y de las consecuencias del “matriarcado”, causaron polémica y fueron criticadas por reflejar un punto de vista marcadamente machista. Para Damián Ripetta, sin embargo, además del machismo desembozado que revelan aquellos dichos, de las declaraciones de Pérsico pueden derivarse implicancias de otro orden, ligadas al modo en que las organizaciones sociales cooptadas por el estado entienden la conformación de las clases trabajadoras, cuya separación entre ocupados y desocupados pretenden, según Ripetta, cristalizar. Un breve pero esclarecedor análisis de los fundamentos ideológicos de la UTEP y de sus principales dirigentes, Juan Grabois y el propio Pérsico.

Por Damián Ripetta/

Hay un punto donde empalman las reivindicaciones más genuinas tanto del peronismo como del cristianismo. En sus versiones más benevolentes, ambas doctrinas se apoyan en la “compasividad” como clave de su discurso político, mientras promueven expectativas en la posibilidad de que los pobres puedan alcanzar el bienestar sin luchar por su emancipación. Sea en la tierra como en el paraíso, ambas pretenden perseguir un “reparto justo” que alcance a ese porcentaje de la población que vivía y vive de su trabajo en condiciones de extrema marginalidad, conscientes de que no hay edificaciones sociales estables si los pobres no pueden siquiera comer.

En su más tierna infancia política, antes incluso de que el teniente coronel Juan Perón se volviese presidente, el peronismo encontró en la Iglesia Católica un aliado de peso para su proyecto de estructurar un nuevo orden democrático que alejase a las masas de cualquier doctrina revolucionaria. Y aunque entró en conflicto con ese aliado en los años previos al golpe del ’55, tras la elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio como Papa Francisco I en 2013, sus caminos volvieron a cruzarse.

Para hacer las paces fue necesario un realineamiento del gobierno peronista que encabezaba por entonces Cristina Fernández, que empezó a prestar otra vez atención a los señalamientos del ex Bergoglio ahora papa. Y todo el espectro de popes gremiales justicialistas se apresuró también a acomodarse a la nueva situación, y a hacer uso del discurso del Vaticano como cobertura de su propia práctica política y sindical.

Pero entre el papismo pragmático de los popes sindicales justicialistas y el franciscanismo sentido de los discípulos del papa hay, sin embargo, una diferencia importante. Para la burocracia sindical se trata de una mera cuestión de forma, de la apropiación de un papa cercano al justicialismo cuyas “enseñanzas” le sirven para justificar sus p´racticas. Al fin y al cabo, el papa tampoco les pidió tanto. El “franciscanismo” pobrerista, en cambio, busca realmente apoyarse en el discurso de Bergoglio para bregar por un mejoramiento en las condiciones sociales. Allí se encuentran las bases ideológicas de la UTEP.

Metidos a entender el asunto y escarbando en las diferencias con el sindicalismo peronista tradicional, encontramos una primera distinción en la defensa de la afamada y grandilocuentemente denominada “Economía Popular”. Porque hete aquí que toda esta masa de gente, cerca de 10 millones de personas, ya no estarían incluídas dentro de la clase trabajadora y, por tanto, contenidas en la multiplicidad de convenios colectivos existentes en el país repartidos por rama, convenios cuya negociación constituye uno de los factores fundamentales del poder de la burocracia sindical.

Por más que desde la UTEP se arremanguen y afirmen categóricamente que la función del “sindicato” de los pobres no es la de paralelizar los convenios colectivos, en la práctica sucede lo contrario. Se paralelizan no sólo convenios sino gremios enteros. Desplazada progresivamente la organización por rama que caracterizó al movimiento obrero en los últimos 90 años, la clase trabajadora del país queda de hecho dividida en dos grandes franjas: La que está conveniada y la que no lo está. Y para alzar la voz en defensa de esta última (oh, bienaventurados los pobres) aparece la santísima orden de los franciscanos sindicales, menesterosos militantes que siguen al papa y a sus acólitos porteños (entre los cuales hay más de un chanta de origen socialista). La UTEP organiza a multiples sectores conveniados (papeleros, construccion, estatales, rurales, carniceros, etc.), a los que se margina de sus respectivos convenios, abaratándolos a ellos y a sus salarios en ese proceso.

Por supuesto, desde “el gremio” de los desocupados nadie niega explícitamente la condición de trabajadores de sus miembros, pero eso es lo que ocurre de facto. El reconocimiento de su condición de trabajadores, además de caro para el Estado y las patronales, resultaría muy engorroso, para empezar porque no hay trabajo para todos. Justamente, la funcionalidad del concepto de “Economía Popular” es la de embellecer la precarización laboral, la subocupación, la tercerización, en fin, la multiplicidad de prácticas patronales que sufre la clase trabajadora, cada vez más brutalizada en sus condiciones de contratación y trabajo.

Así, la “bendecida” fracción de millones de personas pretendidamente organizadas por la UTEP ya no sería una fracción de las clases trabajadoras sino los “humildes”, “pobres”, “cooperativistas” de nuevo tipo. La UTEP en su misma intervención desclasa a millones de personas diciéndoles a los que nada tienen que ya no hay que tomar el cielo por asalto y colectivizarlo todo, sino que sólo les corresponde una mísera porción de la torta, y que la UTEP está allí para garantizar que les llegue. ¿Y cuál es la porción que les toca? La miseria institucionalizada, lo justo y necesario para apenas sobrevivir, y ni un peso más sino un par de pesos menos.

Esto es tan así, que la “Renta Básica Universal” que promueve el sector de Juan Grabois representaría la concesión de un subsidio a los desocupados por la tercera parte del valor del Salario Mínimo y la novena parte del valor de la canasta básica de pobreza. Así de baratos los pobres, asi de barata la economía popular. Pero con una formidable trampa implícita: No es un subsidio de desocupados (que por definición es temporal) sino una “Renta Básica”, un subsidio de subsistencia que aparece bajo el ropaje de una reivindicación histórica de los y las socialistas, que de paso se llevan puesta…

Es que tampoco hay que exagerar la “benevolencia franciscana”. ¿Tiene sentido exigirle a una estructura, subsidiaria de la vieja Doctrina Social de la Iglesia, que pelée por algo que no sea una limosna institucionalizada? No son socialistas, y no van a andar reclamando que se vulnere ordenamiento social alguno. Por el contrario, los franciscanos son firmes sostenedores del orden social y, para ellos, de lo que se trata es de formalizar aquella práctica tan cristiana, institucionalizando la limosna. Porque benditos sean los pobres, y si la pobreza se va extendiendo infinitamente y los pobres crecen en número (hoy 3 de cada 4 pibes del conurbano califican de tales) crece también la cantidad de personas a contener en el nuevo reino de los cielos justicialista, capitalista y cristiano, aunque para ir al cielo sin conquistarlo, haya que morir de inanición primero.

Por eso, cuando Emilio Pérsico critica la “monopolización” de las tarjetas de hambre por parte de las mujeres y el desclase lumpen de los varones de los barrios y villas, no sólo está ejerciendo un acto machista por excelencia y de violencia feroz, responsabilizando a las mujeres obreras de su condición de pobreza y del abandono de los varones de sus responsabilidades paternales, sino que está ocultando la condición de trabajadores precarizados y superexplotados de millones de ellos. Oculta que esa porción de la clase tiene patrones que la negrean, y que se ve obligada a subsistir complementando ingresos miserables por changas o trabajos ultraprecarios con los subdisios del Estado. En aquellos dichos está implícito el concepto que las organizaciones promotoras de la “Economia Popular” pretenden transmitir a quienes están organizados en ellas: Desclasados en su vinculación con el resto de los y las trabajadoras del país.

La diferencia que existe entre la línea que podría parecer más “principista” de Juan Grabois frente al pragmático Pérsico no deja de ser superficial en este contexto. Mientras Pérsico pretende “acumular tropa” con los planes para reforzar una estructura que le permite negociar con el resto del justicialismo y del movimiento obrero desde un lugar de poder; Grabois, a la par que construye una estructura (acá no hay carmelitas descalzas) cree ideológicamente en la bienaventuranza de los pobres, y en esa porción de la torta miserable que considera les corresponde. Con Bergoglio como mentor, y las banderas del justicialismo como base de estructuración, los “pobres”, que no trabajadores, también merecen esa mísera porción de la riqueza socialmente generada.

La burguesía no podría estar más satisfecha, ya que la política de Pérsico y Grabois la exime de forma muy económica de tener que enfrentar la tarea de resolver el gran problema del empleo y de las condiciones de vida de un tercio de la población del país. Ninguno de ellos discute la miseria que colabora en reproducir y a la que presta el impagable servicio de legitimar. Ambos son partidarios del concepto tácito que se desprende del Sermón de la Montaña: bienaventurados sean los pobres, mientras no jodan a los ricos.

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