“Brigadier: ¡aquí estoy de vuelta, pisando el suelo de la Patria!”, por Horacio Silva

Este 25 de marzo, un día después de que un millón de manifestantes marcharan en Buenos Aires, capital de Argentina, en conmemoración del golpe de 1976 en repudio al mensaje abiertamente negacionista del gobierno de Javier Milei, en la provincia de Santa Cruz el organismo encargado del mantenimiento de las carreteras nacionales Vialidad Nacional destruyó un monumento que recordaba a Osvaldo Bayer, historiador y periodista anarquista. Probablemente el historiador argentino más importante del SXX, la obra historiógrafica de Bayer tiene el mérito de haber sacado a la luz la masacre de obreros rurales fusilados en la Patagonia por las tropas enviadas por el presidente radical Hipólito Yrigoyen para aplastar las huelgas contra las condiciones de supexplotación que sufrían los peones de los grandes latifundios o estancias, dedicados a la cría de ganado ovino. Sobre esa investigación, Bayer elaboró el guión del popularísimo film de 1974 La Patagonia rebelde. Odiado desde siempre por la gran burguesía argentina, el actual gobierno liberfacho montó esta provocación como venganza a la demostración popular del 24, insultando la memoria del principal historiador de las luchas de la clase obrera argentina, perseguido y obligado a exiliarse en Alemania durante la dictadura militar. Aquí reproducimos el primer capítulo del excelente libro de Horacio Silva De la Patagonia Trágica a la Patagonia Rebelde, que narra las circunstancias de la salida de Osvaldo hacia el exilio y la profecía incumplida del, por entonces, Comodoro (y no Brigadier todavía) Julio César Santuccione, quien murió impune en 1996 a pesar de sus crimenes como jefe de la Policía de Mendoza bajo la dictadura, gracias a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida de Raúl Alfonsín y al Indulto de Carlos Menem. Es que, como dice el tango, hagan lo que hagan, Osvaldo, a quien no le importaban nada los monumentos, nunca se fue y siempre estará volviendo.

Por Horacio Silva, fragmento del capítulo I del libro De la Patagonia Trágica a la Patagonia Rebelde/

Buenos Aires, junio de 1976

En aquella fría mañana de invierno, un Mercedes-Benz blanco adornado con la
bandera alemana, circulaba silenciosamente por el elegante barrio suburbano de San Isidro. Tenía un porte inusual: no era frecuente ver por las calles lujosos vehículos importados, en la Argentina de aquellos años.

Conducía el automóvil una mujer de unos sesenta años. A su vera, un elegante hombre de la misma edad, ambos de un marcado aspecto que denotaba su origen teutón. En el asiento trasero, algo agazapado, otro hombre, que estaría cerca de los cincuenta.

Atravesaron la ciudad con rumbo sur, siempre manejando con mucho cuidado.
Iban callados, como reconcentrados en sí mismos. Al llegar a la avenida General Paz doblaron a la derecha, en dirección al Riachuelo, hasta el nacimiento de la avenida General Ricchieri. En ese punto fueron detenidos por un destacamento policial, donde les pidieron los documentos de identidad. El acompañante entregó el suyo y el de la mujer, diciendo con voz de mando:

– Embajada alemana.

Se los devolvieron, y continuaron la marcha por Ricchieri, hacia el sudoeste. A la altura del cruce con el Camino de Cintura –a escaso kilómetro y medio del
Regimiento 3 de Infantería de La Tablada–, el coche fue detenido por un piquete del Ejército comandado por un capitán, quien obligó a sus ocupantes a ubicarse al costado de la ruta.

El oficial pidió los documentos, y se repitió la misma escena. Pero esta vez, después de revisarlos, fijó los ojos en el hombre del asiento trasero, y preguntó:

– ¿Y el señor…?

El acompañante, con fuerte acento germano, y alzando la voz casi hasta el grito, contestó:

– El señor es alemán. ¡Está al servicio de la Embajada!.

El capitán se sintió amedrentado: el imponente vehículo, el tono de mando, la
bandera alemana –que obra un efecto casi religioso en la mentalidad militar argentina– lo hicieron vacilar. Los miró, confundido; volvió a mirar al misterioso hombre sentado en el asiento trasero, y murmuró:

-Este… bueno, siga….

Pocos kilómetros después pasaron, siempre en silencio, por el trágico Puente 12, “El Trébol”. El hombre del asiento trasero no pudo evitar exhalar un suspiro. Hacía tan poco, apenas tres años, que en ese lugar se habían comenzado a desvanecer las ilusiones de toda una generación de jóvenes… Y sin embargo, pareciera que había pasado ya toda una eternidad, desde aquella remota época en que las movilizaciones obreras y populares hacían retemblar las entrañas de la sociedad argentina, con su energía y sus deseos de transformar la realidad.

La única verdad es la realidad, había sentenciado Juan Domingo Perón. El
recuerdo del anciano militar, cuyo gobierno le había hecho objeto de una encarnizada persecución, provocó al hombre una mueca de disgusto. Y sin embargo, esta era la verdad, la realidad: en lugar de los jóvenes movilizados, las
calles estaban ocupadas por efectivos de las Fuerzas Armadas, con la actitud y los métodos aplicados por un ejército de ocupación, que ve en cada civil un potencial enemigo.

Finalmente, arribaron a destino: el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. La mujer y los dos hombres descendieron del Mercedes-Benz, y se encaminaron hacia el hall del edificio. Mientras la mujer quedó esperando en la confitería, los hombres se dirigieron a la sección Pasaportes.

La tensión que les producía la fuerte presencia de personal militar armado no se reflejaba en sus rostros. Al ser atendidos por un suboficial de la Fuerza Aérea, el acompañante, con voz firme y su acento alemán más marcado que nunca, dijo:

– Yo soy Gottfried Arens, agregado cultural de la embajada alemana en Buenos Aires, y el señor es Osvaldo Bayer, protegido de la República Federal Alemana. Nos está aguardando el vuelo de Lufthansa. El señor va a ir conmigo; yo lo voy a acompañar hasta que aborde el avión.

El suboficial empalideció, ante una situación que lo superaba por completo, y mandó llamar al oficial al mando. Éste les hizo pasar a una oficina, retuvo los pasaportes de ambos, y pidió que le aguardaran un momento; acto seguido salió, cerrando la puerta con llave tras de sí.

Los dos hombres quedaron solos. Estaban sumidos en el silencio, cada uno en sus propias reflexiones, y en la incertidumbre de lo que podría pasar, hasta que Bayer preguntó:

– Gottfried, ¿su esposa estará bien, sola en la confitería?

El agregado contestó con un gesto, restándole importancia al asunto, y dijo a continuación:

– No creo que vayamos a tener problemas. El piloto del avión tiene orden directa del Embajador de no despegar hasta que esté usted a bordo, y está en comunicación constante con la embajada para informar sobre la situación. Además, esta gente no puede darse el lujo de tener un enfrentamiento con el gobierno de mi país.

Ambos volvieron a quedar en silencio. Recién como a la hora y media, sintieron una llave abrir la puerta; y ante ellos apareció el brigadier Julio César Santuccione, director militar del aeropuerto, con los pasaportes en la mano. Le habló a Arens, y entregándole su pasaporte, le dijo:

– Señor agregado cultural: muchas gracias por su pasaporte; usted sabe que nosotros somos admiradores ñy muy amigos de la República Federal; siempre hemos admirado a Alemania. Y por eso mismo ha hablado conmigo el Embajador, y vamos a permitir que este señor salga del país.

El militar, de gorra entorchada y modales primitivos, no pudo evitar un tono despectivo al pronunciar la expresión «este señor».

A continuación, se dirigió a Bayer, e hizo el gesto de extenderle su pasaporte, aunque lo detuvo a mitad de camino; y con el documento así, sin entregar aún, lo miró con un profundo desprecio, y le dijo:

– Y a usted yo le quiero decir una cosa, señor Bayer: usted nunca más, ¿me entiende?: nunca más va a volver a pisar el suelo de la Patria. Sírvase.- y le entregó el pasaporte.

Veintinueve años después, en su casa del barrio de Belgrano, Osvaldo Bayer
recordaba el incidente de esta forma:

– Yo tenía unas ganas de escupirlo, mirá… pero me quedé callado, porque lo iba a tomar como una provocación. El agregado cultural me acompañó hasta el avión. Tomé asiento, el avión carreteó, y cuando tenía a Buenos Aires a la vista no te digo que me puse a cantar “Mi Buenos Aires Querido” como Gardel, pero me dije: “Bueno, esto se acabó. Estos hijos de puta son capaces de quedarse toda la vida en el gobierno”. Es que, al final, había terminado por creerle al tipo… Sin embargo, a los ocho años volví, unos días antes de las elecciones que ganó
Alfonsín. Y te digo la verdad: caminaba por Buenos Aires y miraba a toda la gente, para ver si de casualidad estaba por ahí el brigadier Santuccione, para decirle: “Brigadier mire: ¡aquí estoy, de vuelta, pisando el suelo de la Patria!” [Bayer volvió al país el 22-10-1983 NdeEF]. Pero el tipo hacía dos años que se había muerto, como después averigüé. Quevacer, una lástima…