“Dólares con el cuño de Fidel” por Frank García Hernández

El 20 de julio se reabrieron en Cuba tiendas en las que pueden comprarse artículos de primera necesidad usando divisas. Tal medida había sido tomada, por primera vez, durante el Período Especial de los ’90. En aquella oportunidad la medida se implementó para afrontar las gravísimas consecuencias de la disolución de la URSS, extremando los mecanismos que impidieran que se convirtiera en un estímulo a la desigualdad social. Ahora, en cambio, según el autor, podría convertirse en un mecanismo más de la acumulación de la “nueva burguesía” que se desarrolla en la isla a la luz de las reformas económica de los últimos años.

Por Frank García Hernández, Blog Comunistas, desde La Habana para Estación Finlandia/

Tras la desintegración de la URSS el 25 de diciembre de 1991, Cuba vivió su más fuerte shock económico. Después de un gradual, pero ligero decrecimiento en 1990 y 1991, el Producto Interno Bruto se desplomó en 1992 al – 11.6 %. Solamente pudo salirse de los números negativos cuando en 1994 el PIB de la isla aumentó en un casi imperceptible 0.7 % por ciento. Entre las medidas que se implementaron para dinamizar la economía cubana estuvo la legalización de la tenencia de divisas extranjeras en 1993. La medida funcionó al punto de que en algún momento, las remesas se ubicaron como el tercer ingreso de divisas al país.

Las 72 tiendas que hoy funcionan a base de monedas libremente convertibles -establecidas en todo el país el pasado lunes 20 de julio- repiten una fórmula que hace más de veinte años fue aplicada en Cuba. Hoy, la sigla TRD que se lee en las puertas de la mayoría de los mercados, parece solo un sello publicitario. El verdadero significado es Tiendas Recaudadoras de Divisas: se establecieron en 1993 para vender alimentos, productos de aseo y otras mercancías, con la intención de que el Estado obtuviera dólares.

Pero esta vez ya no serán sólo los que reciben remesas del extranjero quienes compren en estas polémicas tiendas, sino también esa nueva burguesía que concentra riqueza en una magnitud que no es pública, así como tampoco se puede saber oficialmente quiénes son sus propietarios.

Esta minoritaria clase social, por su poder adquisitivo, por su forma de vida y por la necesidad de continuar expandiendo su capital –el mercado mayorista inicialmente no podrá responder a esta necesidad- tiene un elevado nivel de consumo que siempre afecta, directa e indirectamente, a la clase trabajadora. Aún más en una economía subdesarrollada como la nuestra e impactada por una crisis económica que, al parecer, sólo será superada por el Periodo Especial.

El regreso del dólar al mercado minorista de este país, contrariamente a 1993, puede causar hoy que la bolsa negra devalúe el peso cubano. Aprovechando la escasez de divisas, los bancos clandestinos venderán la moneda libremente convertible a precios más altos que la tasa cambiaria establecida por el Estado. A ello se le sumará que, existiendo ahora un sector privado, este podrá pagar más por las divisas. Y como la burguesía necesita ahora de divisas para comprar en el mercado mayorista, que también será en divisas, los propietarios de negocios o pequeñas y medianas empresas, terminarán acaparando dólares, libras esterlinas, euros: lo necesario para abastecer sus “emprendimientos”. Las nuevas TRD estarán cada vez más lejos de la clase trabajadora.

El turismo tiene coronavirus

Nuestras fronteras cerraron la última semana de marzo. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, durante esos siete días de marzo y el mes de abril se perdió un total de 945.376 de turistas extranjeros. 

Tomando como punto final de esta crisis al 1° de julio, que es cuando se reabrieron las puertas al turismo internacional, y como la ONEI no ha entregado los datos de las pérdidas del turismo internacional en mayo y junio, supongamos entonces, que la cantidad de turistas extranjeros que dejaron de visitar Cuba en mayo y junio, sea la misma cantidad que las pérdidas de la última semana de marzo y el mes de abril. 

Es decir, dupliquemos 945.376 y tendremos entonces que se perdieron en 3 meses y una semana 1.890.752 turistas: es decir, la industria del turismo cubano, hasta el 1° de julio perdió casi 2 millones de clientes extranjeros. Ya sabemos que la cifra real tiene que ser más alta. Lastimosamente aun la ONEI no la ha publicado.

Por si fuese poco, sabemos también que, para evitar un rebrote de coronavirus, el turismo internacional que recibiremos inicialmente se concentrará en las pequeñas islas del norte de Cuba y en la mitad del balneario de Varadero. A lo que se debe agregar que estas instalaciones hoteleras tendrán disponibles solo el 60 por ciento de sus habitaciones. Lo que traduce en que también perderemos todo el turismo de ciudad.

En diciembre de 2019, durante la presentación del informe anual a la Asamblea Nacional, el Ministro de Economía, Alejandro Gil expresó que “se planifica el arribo de 4 millones 500 mil visitantes”, y que, con esta condición “se prevé que en 2020 el producto interno bruto del país crezca –a precios constantes– en torno al 1 por ciento”.

Es decir, con 4 millones y medio de turistas y que no se disparasen ni cayeran los precios en el mercado internacional, el PIB de Cuba crecería este 2020 en sólo 1 por ciento. Ya hemos visto que, como mínimo, hemos perdido casi 2 millones de turistas y además, el Banco Mundial anuncia la crisis económica más grande después de la Segunda Guerra Mundial. O sea que no recibimos la cantidad de turistas necesarios y los precios cayeron y se dispararon. No se cumplieron ninguna de las dos principales condiciones con las cuales hubiéramos crecido un triste 1 por ciento.

Con todo este escenario ¿cuál podrá ser este año el PIB? Es algo evidente que caeremos en números negativos, una situación que no se vivía desde 1993. Pero, ¿cuánto: -2 por ciento, -3 por ciento?

La Cepal, que es una institución objetiva e incluso pudiéramos entender como amiga de Cuba, estima que en el año 2020 el PIB cubano caerá alrededor de un -8 por ciento. Desgraciadamente, muy pocas veces la Cepal se equivoca.

El necesario e incómodo  Fidel

Para no pocos de los que nacieron después de la caída de la URSS la imagen de Fidel Castro se limita a la del “líder histórico de la Revolución cubana”. Ello explica que muchos jóvenes vean la insistencia de Fidel por construir el socialismo, como un producto de la testarudez de un viejo presidente negado a hacer cambios en la isla. Pero, la verdadera obsesión de Fidel era la de evitar todo tipo de desigualdad social y su consiguiente impacto en la clase trabajadora. Una política que hoy algunos rechazan con la cínica pregunta –que los ingenuos repiten después-: ¿qué hay de malo en que algunos se hagan ricos?

Este Fidel, el que va más allá de las consignas pintadas en las paredes, el que se guarda en los ejemplares amarillos del Granma en la Biblioteca Nacional o el que es ignorado en la página web que recoge todos sus discursos; ese Fidel necesario es el que incomoda.

Hoy, cuando se vuelve a implementar la venta en divisas de alimentos y productos de aseo, es necesario analizar la perspectiva con la cual Fidel abordó esa medida cuando fue instrumentada por primera vez. El escenario actual comparado con el que vivía Cuba en la década de los años noventa del pasado siglo es por completo diferente, pero la forma en que Fidel abordó aquella crisis es la manera que hoy necesita la clase trabajadora.

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