“León Trotsky” por Luis Brunetto

A 80 años de su asesinato en México por orden de Stalin, a manos del agente de la GPU Ramón Mercader, publicamos estos breves apuntes biográficos en tres partes, que se publicaran en días sucesivos. Nuestro homenaje a uno de los revolucionarios marxistas fundamentales del Siglo XX.

Por Luis Brunetto/

Primera Parte: De su incorporación a la militancia revolucionaria al triunfo de la Revolución de Octubre

Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, nació el 26 de octubre (calendario juliano)/ 7 de noviembre (calendario gregoriano) de 1879, exactamente 38 años antes de la Revolución de Octubre de la cuál sería, junto a Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, el principal dirigente. En su extraordinaria Historia de la Revolución Rusa, el propio Trotsky señalaría esta coincidencia respecto a su cumpleaños y, detalle mucho más profundo e importante, referiría el hecho de que el atraso ruso era tan gigantesco que fue necesaria la revolución proletaria para, incluso, traer a Rusia el calendario usado en el resto del planeta. La revolución de Octubre, señalaba, tuvo lugar en noviembre.

León Trotsky era el menor de los hijos de una familia judía de granjeros ucranianos, relativamente prósperos, y dueños de una propiedad mediana. Su padre David era analfabeto, su madre Emma, en cambio, ávida lectora. En la adolescencia, León marcharía hacia Odessa, puerto ucraniano sobre el Mar Negro, y luego a la ciudad más pequeña de Nikolaiev, donde terminaría sus estudios secundarios e ingresaría a un círculo de lectura socialista integrado por simpatizantes de la Volodia Narodna (organización terrorista populista), en el que participaba Alexandra Sokolovskaya, su futura primera esposa, y la única en el grupo que se identificaba como marxista.

Abandonó el populismo, según cuenta él mismo en su autobiografía Mi Vida, para adherir al marxismo luego de su primer año de militancia política. Organizador de la Liga Obrera del Sur de Rusia, que tendría un crecimiento muy grande y veloz, con una decena de dirigentes iría a dar, por primera vez, con sus huesos a la cárcel en enero de 1898. En Moscú, fue condenado a la deportación a Siberia, hacia donde partiría a mediados de 1900, después de casarse en la cárcel con la también presa política Aleksandra. A fines de 1900 llegaría a la aldea siberiana de Ust- Kut.

Por entonces, en el exilio europeo, un grupo de revolucionarios marxistas rusos fundaban la revista Iskra (La chispa). De su Comité de Redacción formaban parte los veteranos Georgy Plejanov, Vera Zasúlich y Pavel Axelrod, así como los más jóvenes Lenin, su amigo Juli Martov y Aleksander Pótresov. La publicación tiene un impacto gigantesco en el movimiento revolucionario ruso, y León no escapa a su influencia. Por su parte, con el seudónimo de “La Pluma”, el joven ucraniano firma unas hojas de agitación que llegan a poder de Lenin: “Necesitamos a La Pluma”, habría dicho el futuro jefe bolchevique.

Cuando nació León Trotsky

Con un pasaporte falso a nombre de uno de sus antiguos carceleros, Trotsky, con el acuerdo de Aleksandra (que deberá hacerse cargo sola del cuidado de las dos hijas nacidas de la pareja en Siberia, Zina y Nina), un joven revolucionario escapará al exilio en un trineo conducido por un siberiano adicto al vodka y que atravesará durante días las heladas estepas siberianas. Después, habrá que surcar clandestinamente las fronteras de Europa para llegar a Londres, donde “Ilich lo está esperando”, según le dice Nadezna Krupskaya, la esposa de Lenin, cuando lo recibe en la casa en que vive la pareja de revolucionarios.

Trotsky versus Lenin

Trotsky se aloja con Vera Zazúlich, la legendaria revolucionaria que se había carteado con Marx. Traban una amistad muy estrecha. Por eso, cuando Lenin proponga la reducción del número de redactores del periódico, dejando afuera entre ellos a la propia Vera, Trotsky tomará el planteo como una ofensa contra alguien a quien admiraba y que había entregado su vida a la causa de la revolución. Eso, a pesar de que Lenin proponía en esa reforma, motivada por la muy escasa contribución de Vera, Axelrod y Pótresov, a la publicación, incorporar a Trotsky, que se desempeñaba como Suplente, como Redactor titular.

El hecho marcó un primer distanciamiento respecto de Lenin, en quien creyó ver tendencias al autoritarismo. Y en ese contexto, y a pesar de los esfuerzos de Lenin por explicarle su posición, se produciría la ruptura política entre ambos, durante el II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR). Allí, la propuesta de Lenin sobre el artículo número 1 de los estatutos del partido, chocó con la resistencia del grueso de la Iskra, entre ellos su amigo Mártov, y de Trotsky. Lenin proponía un partido de militantes, apoyado en el concepto del revolucionario profesional, un partido de combate. Martov, proponía que pudieran ingresar como miembros del partido simpatizantes y adherentes, aunque tuvieran con la actividad partidaria un compromiso político laxo.

La redacción de Lenin, en la que se apoya el concepto bolchevique de organización partidaria, al que se conoce como centralismo democrático, fue objeto de furiosas críticas, entre ellas las del propio Trotsky, que en abril de 1904 publicaría Nuestras tareas políticas. Allí, desarrollará la idea de que el concepto de Lenin desataría un mecanismo en el que “…el aparato del partido sustituye al partido, luego el Comité Central sustituye al aparato y por último el dictador sustituye al Comité Central”. El proceso que Trotsky describe, aunque no se desarrolló mientras el partido estuvo bajo la dirección de Lenin, parece describir sin embargo el mecanismo que llevó finalmente al poder a Stalin, luego de la derrota de la Oposición de Izquierda que Trotsky organizaría y dirigiría.

Pero, a pesar de estas diferencias con el concepto bolchevique de partido, había un punto decisivo en el que Trotsky era absolutamente solidario con la posición de Lenin. La corriente que, a partir de la ruptura del congreso, pasaría a conocerse como menchevique (minoritarios) y a la que formalmente adhirió Trotsky, sostenían que, dado el carácter burgués de la revolución rusa, la dirección del proceso debía corresponder a la burguesía, agente social natural de la edificación del orden capitalista. Por eso, el proletariado debía aliarse con ella y marchar bajo su dirección. Lenin y Trotsky, en cambio, estaban completamente de acuerdo en la idea de que la burguesía nacional rusa era completamente impotente, y en que, de encabezar el proceso revolucionario, no podía más que conducir a la revolución a la capitulación o a la derrota.

La revolución permanente

En un apéndice a su Stalin titulado Tres conceptos sobre la revolución rusa (1940), Trotsky explicará sencilla pero detalladamente los tres puntos de vista que se desarrollaron en el POSDR acerca del proceso revolucionario que se abriría a partir de 1905. El que desarrollarán los mencheviques, solidario con el planteado por la II Internacional, ya lo hemos descripto. Los de Lenin y Trotsky, si bien coincidían en el aspecto decisivo: su caracterización de la impotencia revolucionaria de la burguesía rusa, eran diferentes a la hora de establecer la mecánica con que se desarrollaría el proceso revolucionario y las características del régimen político que debía surgir del triunfo.

Para Lenin, el peso abrumador del campesinado en relación a la clase obrera, no podía dejar de expresarse en el papel del campesinado en el proceso y en el peso que estaba destinado a tener en un gobierno revolucionario. Para Lenin, la revolución no podía triunfar más que sobre la base de una alianza entre obreros y campesinos, que abriera paso a un gobierno de dictadura revolucionaria del proletariado y los campesinos. Lenin conocía muy bien la teoría marxista y el papel subordinado que el campesinado estaba destinado a jugar, pero su carácter extremadamente mayoritario en la sociedad rusa y su tradición de rebeldía lo llevaban a sacar la conclusión de que, influido por la clase obrera y sus ideas, podía jugar un papel predominante.

AUTOR: MARX, Carlos. TITULO: La cuestión judía. INDICE ...

Trotsky, por su parte, no negaba ese papel, pero estaba convencido de que no existía modo alguno de que el campesinado, ávido de tierras, pudiera jugar un papel revolucionario sin la dirección del proletariado. Para él, y así lo formuló en una serie de escritos (Antes del 9 de enero, Balance y perspectivas: Las fuerzas motrices de la Revolución Rusa), la dirección proletaria del proceso revolucionario era indiscutible, y daría el poder a la socialdemocracia revolucionaria, expresión política de la clase obrera, que establecería la dictadura del proletariado.

Para Trotsky, a pesar del carácter burgués de la revolución rusa, esta sólo podía triunfar bajo la dirección de la clase obrera, cuyo régimen no se detendría, por lo tanto, en los límites objetivamente determinados por el atraso de la base económica capitalista, sino que por su naturaleza social avanzaría sobre la propiedad privada, abriendo el camino a la transición al socialismo. La “etapa” burguesa que es punto de partida se fusiona con la socialista, en un  continuum histórico. Se trata de la primera formulación de la muy conocida teoría de la revolución permanente.

Intuición genial de la mecánica del proceso revolucionario, la teoría de la revolución permanente encontraría sin embargo su apoyatura teórica en la teoría del imperialismo que Lenin desarrollaría en 1915. Efectivamente, en El imperialismo Lenin probaría teóricamente el agotamiento de la vía capitalista para superar la brecha entre países capitalistas atrasados y avanzados, resultado de la consolidación del dominio del mercado mundial por los monopolios. De aquí en más, y a nuevas escalas, la brecha no podría más que mantenerse, reproduciendo permanentemente la condición imperialista de unas naciones y de colonias o semicolonias de otras. La superación del atraso económico, a partir de aquí, dependerá de la superación del capitalismo.

1905                                                                                                                                                                                                                                                                                              El 9 de enero de 1905 es una fecha decisiva en la revolución rusa, no sólo porque abrió el ciclo de la primera revolución, sino porque en ella terminó de quebrarse lo que aún quedaba de la relación paternal entre el Zar Nicolás II y el pueblo. Los obreros que en Petrogrado, persignados frente al Palacio de Invierno, dirigidos por el pope (cura) Gapón, pedían audiencia al Padrecito Zar, regaron con su sangre masacrada la zanja que aquel “domingo sangriento” separaría irreversiblemente al pueblo ruso de la autocracia. La oleada de huelgas, manifestaciones y choques callejeros con que los obreros de todo el imperio protestaron su indignación por la masacre de sus hermanos no sería más que el primer paso de un largo camino, que sólo concluiría en 1917 o, mejor aún, en 1920, cuando el Ejército Rojo terminó de barrer los últimos restos de la contrarrevolución.    

También la burguesía pretendió aprovechar la crisis del zarismo para quebrar el monolitismo estatal del que gozaba la nobleza, a través de una monarquía constitucional o, en su versión más extrema, de una república parlamentaria. A fines de noviembre, el partido Democrático Constitucional (liberal, representante de la burguesía constitucionalista, K. D. T. por sus siglas en ruso) reclamó el llamado a una Asamblea Constituyente. El zarismo respondió con un comunicado con el que amenazaba con la cárcel a cualquiera que osara desafiar su derecho absoluto de disponer sobre los asuntos del país. Cerrada toda válvula de escape, la explosión debía producirse pues, de un modo u otro, más tarde o más temprano.                                                                                           

A partir de marzo y hasta septiembre, el movimiento revolucionario se repliega, y el zarismo encuentra un respiro a cambio de algunas concesiones a la burguesía liberal. La actividad obrera no cede, pero las principales luchas son de orden económico, dejando la lucha contra el zarismo, que había sido el eje de los choques de enero a marzo, en un segundo plano. El motín del Acorazado Potemkin, en el puerto de Odessa sobre el Mar Negro, en junio, revitalizaría el carácter político de la lucha, apoyado en una gigantesca huelga de masas que abarcó amplias regiones de Ucrania, y alcanzó repercusión nacional. Hay que ver en la concesión de la Duma, una especie de Parlamento absolutamente restringid0 e irrepresentativa: 43 delegados campesinos, 34 terratenientes y 23 de las ciudades que fueran propietarios, probablemente un eco de la sublevación de la flota.

La agitación bolchevique contra la Duma dio nuevo impulso al movimiento. Desde mediados de septiembre se reanima el movimiento huelguístico, pero ahora las reivindicaciones políticas, la lucha contra el zarismo, pasan al primer plano. El 13 de ocubre, 40 delegados representantes de los tipógrafos, constituyen el primer Sóviet de Diputados Obreros de Petrogrado. Su propósito, el lanzamiento de la Huelga General Revolucionaria contra el zarismo. Día a día, más y más fábricas envían sus diputados, que pasan a constituirse en los auténticos representantes de la clase obrera, en un número que oscilará entre los 450 y los 500 en promedio por sesión, elegidos cada 500 obreros. En Moscú, en Odessa, en los países del Báltico y la Rusia Blanca, surgen también soviets.                                               

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Bolcheviques y mencheviques tuvieron una actitud distinta frente al soviet. Los militantes bolcheviques, educados como revolucionarios intransigentes en las condiciones más duras imaginables, recelaban de él, considerándolo un sustituto reformista del partido. Lenin debió librar contra ese punto de vista una de sus tantas batallas internas, planteando que el soviet y el partido no debían contraponerse, y que el soviet abría un campo de trabajo y de combate gigantescos, que ensanchaba las posibilidades de acción del partido. Los mencheviques, paradójicamente, apoyaron el desarrollo de los soviets por la misma razón que los militantes bolcheviques desconfiaban de él: por ser un sustituto del partido.

Después del arresto de su primer presidente Jrustaliov, el 22 de noviembre, Trotsky (bajo el nombre falso de Yanovsky), sería elegido presidente del Soviet, aunque su actividad distaría decisivamente de la línea de su “supuesto” partido, sobre todo en lo que se refería a la colaboración con la burguesía. De hecho, su actividad mereció explícitos elogios de Lenin.   

Pero si la capacidad de movilización y de lucha del soviet neutralizaron al gobierno zarista provisoriamente, su poder era todavía insuficiente para realizar su papel histórico, que se desplegaría con todas sus consecuencias en 1917. La situación de doble poder no podía durar eternamente, y el soviet no tenía aún la fuerza para liquidar a su oponente. El 3 de diciembre, los miembros del Soviet de Petrogrado fueron arrestados y el organismo disuelto. En Moscú, organizados por los bolcheviques, 8 mil obreros organizaron barricadas y combatieron durante 10 días a las tropas del zar, hasta que fueron derrotados.     

A la fuerza irrefrenable del movimiento obrero le faltaba aún el apoyo de la rebelión campesina, el auxilio indispensable que llegaría doce años después, en los días victoriosos de octubre. Con todo, había quedado probada la conducta capituladora de la burguesía “revolucionaria”, mientras los obreros rusos habían realizado su “ensayo general”, y se habían colocado en un terreno inédito en la historia humana, el de precursores “…de una nueva serie de revoluciones proletarias”, según señalara Rosa Luxemburgo en su estudio sobre 1905, Huelga de masas, partido y sindicatos.

Lenin, Trotsky y la revolución

 Así como la teoría del imperialismo dilucidaría las bases económicas en que se apoyaba la lógica del concepto revolucionario permanente, su prueba práctica llegaría con el ciclo revolucionario abierto por la revolución de febrero de 1917. Cuando a finales de febrero los disturbios en las colas de ´pan y de leña, y la huelga de las obreras textiles de Petrogrado se extiendan hasta transformarse en huelga general, el Zar Nicolás II se verá obligado a abdicar.  

En una Rusia hambrienta y lanzada a la guerra mundial como furgón de cola de las burguesías francesa e inglesa, la clase obrera de la capital forma soviets nuevamente, que ahora se extenderán rápidamente al ejército y más tarde, al campesinado. Mencheviques y Socialistas Revolucionarios (el partido de los antiguos populistas, mayoritario en el campesinado), desde el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado que han creado ellos mismos y que asume la autoridad sobre las masas de la capital, se niegan a hacerse cargo del poder, que cae en manos de un gobierno provisional burgués. Los bolcheviques, en minoría, dirigidos por Kámenev y Stalin, los primeros en llegar del destierro, se ubican como “ala izquierda” del gobierno provisional.

Desde el exilio, y mientras prepara su retorno, Lenin bombardea a la dirección bolchevique con telegramas de desacuerdo. En ellos se avizora ya la táctica que conduce al poder soviético, la idea de que los sóviets son las bases de un nuevo estado, el estado obrero. La revolución, si no quiere ser derrotada, no puede detenerse y debe transformarse en revolución socialista. A su llegada a Petrogrado a principios de Abril, en una conferencia del partido, Lenin hace oficialmente este planteo a los bolcheviques, conocido como Tesis de Abril, y que encontrará expresión práctica en la consigna de ¡Todo el poder a los Soviets! Este planteo representa el abandono de la fórmula de dictadura revolucionaria del proletariado y los campesinos en la que se habían educado los militantes bolcheviques, y se apoya en una argumentación absolutamente solidaria con la teoría de la revolución permanente.

La resistencia de los viejos bolcheviques, que rechazan el planteo de Lenin, dura poco. Revolucionarios ante todo, ven como ante sus ojos la realidad prueba la justeza del análisis. En esas condiciones, Trotsky, a su regreso del exilio estadounidense, ingresará al partido bolchevique en el mes de junio. Ese ingreso, por otra parte, supone el abandono de su crítica a la concepción bolchevique del partido, que tan duramente había atacado, y de la que a partir de aquí pasará a defender durante el resto de su vida. En las elecciones para el Comité Central será el segundo miembro más votado, después del mismo Lenin.

Leer la Revolución | Jaime Pastor Verdú | Prólogo al libro ...

Preso durante las Jornadas de Julio y el intento de golpe contrarrevolucionario del general Lavr Kornílov, Trotski será elegido nuevamente, como en 1905, Presidente del Sóviet de Petrogrado a principios de septiembre. La victoria del partido en las elecciones soviéticas en Petrogrado, Moscu y las principales ciudades, así como en los sóviets de soldados y campesinos, será el indicador del cambio de situación política. Lenin, con el apoyo de Trotsky, pero en minoría, exige al partido organizar la insurrección. Tendrá que amenazar con renunciar al Comité Central para que el partido adopte la resolución de tomar el poder el 25- 26 de Octubre, día en que debe reunirse el II Congreso de Soviets de toda Rusia.

Trotsky, a la cabeza del Sóviet de Petrogrado, será el principal organizador de la insurrección. Con Lenin clandestino, el Comité Militar Revolucionario que Trotsky preside tomará las medidas prácticas: La ocupación de los edificios estatales y el arresto del gobierno provisional. Cuando finalmente el arresto se produzca, luego de la toma del Palacio de Invierno, Trotsky asumirá el poder en nombre del Sóviet de Petrogrado para entregarlo al Congreso de Sóviets de toda Rusia. Aquel congreso proclamará el régimen soviético, y elegirá el primer SovNarKom (Consejo de Comisarios del Pueblo), con Lenin como Presidente. Trotsky será elegido Comisario de Asuntos Exteriores, y deberá enfrentar el problema de la paz, una de las promesas fundamentales de los bolcheviques, junto con la tierra para los campesinos y el control obrero en las fábricas.

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