“León Trotsky” por Luis Brunetto

Segunda Parte: De Brest Litovsk al levantamiento de Krondstadt

La Paz de Brest Litovsk

Paz, pan y tierra. Junto con ¡Todo el poder a los soviets!, aquella fue la consigna principal de la propaganda y la agitación revolucionaria bolchevique que condujo al triunfo de Octubre. Habían sostenido que el gobierno provisional, que representaba a la impotente burguesía nacional rusa, sería incapaz de satisfacer estas elementales demandas de las clases populares. Y así como sería incapaz de siquiera plantearse enfrentar a la nobleza terrateniente, o de asegurar el abastecimiento de la población obrera, los lazos que la sometían al capital imperialista harían imposible que rompiera sus compromisos con las burguesías de Gran Bretaña y Francia, en defensa cuyos intereses iban al campo de batalla millones de obreros ingleses y franceses, así como millones de campesinos rusos.

Los dos primeros decretos del poder soviético, aprobados en el II Congreso, fueron los decretos sobre la Paz y sobre la tierra. El decreto sobre la Paz consistía en el ofrecimiento de una paz democrática, sin anexiones ni indemnizaciones, a todos los gobiernos del mundo. Los aliados rusos se negaron a discutir el ofrecimiento pero, en cambio, las potencias centrales contra las que Rusia combatía, hegemonizadas por el Imperio Alemán, e intersadas en descomprimir el frente oriental, aceptaron. La primera tarea de Trotsky, Comisario de Asuntos Exteriores, fue la negociación de aquella paz.

Las condiciones que exigió Alemania a la Rusia económicamente arrasada y con un pueblo que deseaba la paz a cualquier precio, al, punto que las deserciones corroían al ejército ya agotado, fueron tremendas. La respuesta dividió al partido y al gobierno soviético. Se trataba de una coalición hegemonizada por los bolcheviques, pero que también integraban los socialistas revolucionarios de izquierda, que ocupaban por ejemplo el comisariado para la tierra. Mientras Lenin había sacado la conclusión de la necesidad de acordar a cualquier precio, sobre la base de la evidente oposición de las masas a continuar combatiendo en cualquier forma, los “eseristas” de izquierda promovieron una oposición furiosa a cualquier acuerdo.

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Para ellos, un acuerdo significaría una traición a la revolución alemana, que consideraban inminente. Una posición similar, dentro del Partido Comunista (b) (nombre que había reemplazado al viejo rótulo de POSDR bolchevique), sostuvieron los comunistas de izquierda, dirigidos por el joven economista Mijail Bujarin. Lenin sostenía que la revolución alemana llegaría, pero no inmediatamente.

La posición de Trotsky se resumía en la fórmjula “Ni paz ni guerra”: desmovilizar al ejército pero no firmar la paz. Mientras tanto, mantener la agitación sobre el frente alemán, a la espera de la rebelión. Con la colaboración del dirigente bolchevique Adolf Ioffe, estiró la negociación todo lo que pudo, resistiéndose al pedido de Lenin de que apoyara su posición. En el Comité Central, los partidarios de Lenin y los de Bujarin estaban empatados, y el voto de Trotsky, cuya posición se aproximaba a la de Lenin, resultaba decisivo para encontrar una mayoría.

A mediados de febrero, Trotsky se retiró de la mesa de negociaciones, y los alemanes respondieron con un ataque en el que avanzaron, en pocos días, más de lo que habían logrado durante el resto de la guerra. Trotsky quedó convencido de que Lenin había tenido razón, que no había posibilidad alguna de resistencia, y el 18 de febrero votó en la reunión de CC bolchevique a favor de la posición de Lenin. La paz, finalmente, se firmaría el 3 de marzo. Aquel tratado y sus penosas condiciones fueron, sin embargo, finalmente liquidados por la revolución alemana, sólo que aquella se produjo mucho más tarde de los esperado, en noviembre de 1918.

La paz de Brest provocó el abandono de los comisarios eseristas de izquierda del Consejo de Comisarios del Pueblo, y el fin de la coalición con los bolcheviques. Derrotados en el V Congreso de los Soviets, el 6 de julio se levantaron contra el poder soviético, asesinando al embajador de Alemania, conde Wilhelm von Mirbach, y asaltando las sedes de los soviets en varias ciudades. Muchos eseristas de izquierda eran miembros de la CHEKA, la fuerza de seguridad secreta creada para luchar contra la contrarrevolución. La rebelión fue aplastada y los SR de izquierda declarados ilegales. Con todo, el 29 de agosto, eseristas de izquierda asesinarían al jefe de la CHEKA de Petrogrado Moisei Uritsky, y el 30, Fanny Kaplan dispararía contra Lenin, provocándole heridas que, según se probó hace pocos años, fueron la base de los ataques que, en 1922 y 1923, lo incapacitarían y lo conducirían a una muerte prematura el 24 de agosto de 1924.

El Ejército Rojo y el “comunismo de guerra”

Luego de la firma de la paz Trotsky renunció al comisariado de Asuntos Exteriores para ser designado, por pedido de Lenin, Comisario de Guerra. Cómo jefe del Ejército Rojo, de cuya organización fue el principal responsable, dirigió una de las hazañas militares más extraordinarias de la historia. Luego del Tratado de Brest, el territorio controlado por el estado soviético se redujo a una ínfima parte del territorio del antiguo imperio zarista. Varios antiguos jefes militares zaristas se alzaron en armas contra el poder soviético, con el apoyo militar e incluso la intervención directa de contingentes de varias de las principales potencias imperialistas. Uno a uno, esos ejércitos reaccionarios dirigidos por Yudenitch, Kolchack, Kaledin, antiguos altos oficiales zaristas, fueron vencidos por las tropas rojas.

Los bolcheviques habían basado sus perspectivas generales en la idea de que la expansión de la revolución socialista a los países avanzados, especialmente a Alemania, permitiría una rápida recuperación de la economía sobre la base de la colaboración socialista. Esperaban que las manifestaciones contrarrevolucionarias no encontraran apoyo externo, en la medida en que en Europa fueran desarrollándose nuevos estados obreros. En tal perspectiva, las fuerzas propias de la clase obrera y el campesinado revolucionario resultarían suficientes para llevar adelante exitosamente la represión contrarrevolucionaria. Pero la perspectiva se había visto frustrada, aunque fuera provisoriamente, por la derrota de las revoluciones alemana, austríaca y húngara en 1918- 19.

Así explicaba él mismo Trotsky el problema al que se enfrentaba la revolución naciente:

“Nos enfrentamos a la compleja tarea de poner fin a la opresión de clase en el seno del ejército, destruyendo a conciencia las cadenas de clase y la antigua disciplina de la obligación, y de crear una nueva fuerza armada del Estado revolucionario, bajo la forma de un ejército obrero y campesino, que actuará en interés del proletariado y de los campesinos pobres. Sabemos que, tras la revolución, los restos del antiguo ejército no estaban en condiciones de oponer una resistencia activa al avance de las fuerzas contrarrevolucionarias. Sabemos que se organizaron improvisadamente unidades compuestas por la mejor parte de los trabajadores y campesinos, y recordamos a la perfección cómo esas heroicas unidades consiguieron aplastar el movimiento traidoramente organizado por todo tipo de militantes de las Centurias Negras. Sabemos cómo estos regimientos de guerrilleros voluntarios lucharon victoriosamente en el interior del país contra quienes querían erigirse en verdugos de la revolución. Sin embargo, cuando fue preciso pelear contra las fuerzas contrarrevolucionarias del exterior, nuestras tropas resultaron poco eficaces debido a su preparación técnica inadecuada”.

Por eso, y en lo que implicaba una proposición polémica para el grueso de los revolucionarios bolcheviques, Trotsky defendió la incorporación de antiguos oficiales zaristas que juraran lealtad al poder soviético, “especialistas militares”, para llevar adelante la construcción de un ejército obrero y campesino integrado por cuerpos de combate eficientes y modernos. Aquellos oficiales, siguiendo el ejemplo de los ejércitos de la revolución francesa, estarían sometidos al control político de un Comisario militante del Partido Comunista, que tendría el poder de determinar, en caso de derrota militar, si el oficial se había comportado lealmente. Además de las inmensas dificultades económicas que suponía equipar y organizar un ejército en aquellas terribles condiciones, Trotsky debió lidiar con la oposición de gran parte de su propio partido. Las propias necesidades de la guerra y el apoyo incondicional de Lenin le permitieron finalmente aplicar su punto de vista.

Pero el Ejército Rojo no sólo fue decisivo a la hora de enfrentar militarmente a la contrarrevolución, sino que fue clave para mantener el abastecimiento de las ciudades. Reclutado entre las franjas más conscientes de la clase obrera, casi la mitad de los trabajadores rusos se enrolaron en él. Semejante esfuerzo agravó en el terreno de la producción la crisis heredada de la guerra. En esas condiciones, el sabotaje interno burgués y la guerra civil obligaron a los bolcheviques a pasar de la original estatización de la gran industria a la del conjunto del sector productivo, e implantar el régimen conocido como “comunismo de guerra”. Un estricto igualitarismo forzado debió imponerse, y el abastecimiento de las ciudades dependió cada vez en mayor medida, de las requisas de grano que los soldados rojos realizaban entre los campesinos, especialmente entre los más acomodados. El poder soviético, apoyado en la alianza de obreros y campesinos, pendió de un hilo, y si los campesinos no rompieron la alianza fue porque sabían que la contrarrevolución representaba el retorno al poder de los terratenientes.

El levantamiento del sitio de Varsovia por el Ejército Rojo,  constituyó el último episodio de importancia de la Guerra Civil. Después de una ofensiva polaca sobre Ucrania, el contraataque soviético llevó al ejército Rojo a adentrarse en territorio polaco. Trotsky era partidario de detener la ofensiva, pero Lenin consideraba que la ocupación de Polonia por el ejército Rojo levaría al poder soviético a los límites de Alemania, estimulando la posibilidad de triunfo de un nuevo levantamiento revolucionario comunista. A pesar de la oposición de Trotsky, que pensaba correctamente que la ocupación soviética despertaría el sentimiento antirruso en la población, y que identificaría al ejército Rojo con el ejército opresor zarista, prevaleció la posición de Lenin.

Es probable que Trotsky tuviera razón de antemano, pero también es cierto que en el fracaso del sitio jugó un papel la negativa de Stalin, Comisario Político en jefe de los ejércitos del Sur, de auxiliar a Mijail Tujachevsky, jefe militar del sitio. Stalin desoyó el pedido de que el ejército que estaba najo su mando reforzara el sitio, y marchó hacia el Norte con la intención de tomar Lvov, abriendo una brecha que fue aprovechada por los polacos, y favoreció la posterior derrota en la batalla de Varsovia en agosto de 1920. Es posible, según señala Isaac Deutscher en su biografía de Trotsky, que Stalin pretendiera evitar que la gloria de la toma de Varsovia recayera en aquel y reforzara aún más su popularidad. A pesar de haberse opuesto a la toma de Varsovia, su condición de jefe del Ejército Rojo hubiera hecho que la victoria fuera percibida por las masas como otra victoria de militar de León Trotsky.

La finalización de la guerra civil abrió la posibilidad de retomar el camino de camino de la revolución mundial. Ni Lenin ni Trotsky habían podido dedicar sus esfuerzos al desarrollo de la III Internacional o Internacional Comunista, fundada en marzo de 1919. La derrota de la revolución europea, con el saldo trágico del asesinato en Alemania de Rosa Luxemburgo y Karl Liebcknecht, había privado a la Internacional de dos dirigentes decisivos al frente de un partido que se había convertido en un partido comunista de masas en la principal economía capitalista del mundo.

La supervivencia del capitalismo en el marco de aquello que había parecido una ola revolucionaria imparable exigía por otra parte una interpretación que la explicara. Esa tarea la cumplen el III y IV Congreso de la Internacional, en el que Lenin y Trotsky insisten en la necesidad de tomar nota de la situación, y advierten sobre una relativa estabilización del capitalismo europeo. Postulan la política de “frente único” que tiene por fin ganar a las masas que aún continuaban bajo la dirección de los socialdemócratas. Pero, sobre todo, llaman la atención sobre el viraje de la revolución mundial hacia oriente y el mundo atrasado en general, planteando la idea del “frente único antiimperialista como una herramienta para intervenir en las luchas revolucionarias que se abrirían en lo que luego se llamaría “tercer mundo”.

Pero, y como es absolutamente lógico, la derrota del ciclo revolucionario 1917- 19 en el Occidente europeo, no podía más que repercutir negativamente en las perspectivas revolucionarias de desarrollo de la Internacional, a la vez que en las características del proceso de transición al socialismo en Rusia. Inevitablemente, el partido ruso pasó jugar un papel hegemónico en su construcción, papel que en las perspectivas de los comunistas en general estaba reservado al comunismo alemán. Y el Partido Comunista de Rusia, a pesar de estar dirigido por una elite de militantes, entre los que se contaban brillantes teóricos y decenas de miles de los más abnegados revolucionarios, no podía más que registrar las presiones del atraso económico de la sociedad rusa, de la que había surgido y a la que pretendía revolucionar.

Ese atraso económico fue la base del proceso de burocratización del partido y del estado. El único antídoto a ese proceso hubiese sido el auxilio de una Europa socialista, con Alemania como centro. Pero, al menos en lo inmediato, la revolución alemana había sido derrotada. Puede decirse que se había cumplido la previsión que Marx y Engels habían planteado en el Prólogo a la edición rusa de 1882 del Manifiesto Comunista, en el sentido de que la revolución rusa pudiera ser “…la señal para una revolución proletaria en Occidente”. Sólo que con un desenlace trágico.

Krondstadt y el fin del comunismo de guerra

El fin de la guerra civil puso en cuestión la vigencia del comunismo de guerra. Aquella acelerada socialización de la economía no podía durar más que como una economía de reparto de la miseria. La desorganización y la parálisis económica abarcaban el país de punta a punta, y el auxilio económico de la revolución mundial no había llegado.

Ya en 1919, Trotsky había propuesto algunas medidas en el sentido de un aflojamiento del comunismo de guerra, pero Lenin se opuso porque consideraba que no podían adoptarse tales medidas en las condiciones de la guerra civil. Eran conscientes de que la introducción de medidas liberalizadoras del intercambio mercantil, como las que uno año después se adoptarían bajo el nombre de Nueva Política Económica (NEP), tendría repercusiones sociales. Una nueva burguesía podía surgir, aunque en principio débilmente, de su implementación.

La guerra civil finalizó, como dijimos, con el fin del sitio de Varsovia y con la evacuación de Crimea por las tropas del general Piotr Wrangel, en octubre de 1920. Los soldados del ejército Rojo, entonces, se dedicaron por indicación de Trotsky al restablecimiento del sistema ferroviario. Trenes, vías, vagones, alrededor del 80 por ciento del material ferroviario, estaba inutilizado. El trabajo resultó sumamente exitoso, y sobre la base de ese éxito Trotsky concibió la idea de movilizar provisoriamente a los trabajadores de un punto a otro del país, según las necesidades del funcionamiento de la economía, mientras esta se reanimara. Yendo más allá, Trotsky propuso la fusión de los sindicatos con el estado obrero.

La posición de Trotsky, en gran medida, y rechazado su planteo de liberalización, reflejaba la desesperación por poner en marcha la economía en el marco del subsistente comunismo de guerra. La situación social estaba marcada por el desabastecimiento y, en muchas regiones, por la hambruna, y el descontento era masivo entre el campesinado y crecía entre la propia clase obrera. En muchas ciudades, incluso en Petrogrado y Moscú, hubo huelgas, y los obreros marchaban al campo a comprar alimentos directamente a los campesinos.

La discusión por el papel de los sindicatos fue muy profunda. Además de la tesis “por derecha” de Trotsky, se constituyó una fracción interna en el partido llamada Oposición Obrera, que planteó “por izquierda” que los sindicatos debían asumir la dirección de la economía. A estos dos puntos de vista se opuso Lenin. En relación a la idea con que Trotsky justificaba su posición, según la cual, dado el carácter obrero del estado surgido de la revolución de Octubre, los sindicatos no tenían necesidad de defenderse de él, Lenin sostuvo que el estado ruso era “un estado obrero con deformaciones burocráticas”. “Los obreros tienen que poder defenderse de nosotros”.

Kronstadt 1921 - El Viejo Topo

El de Lenin es uno de los primeros señalamientos importantes acerca del proceso de burocratización. Y aunque su posición triunfó, la parálisis económica que sufría el estado obrero seguía su curso incontenible, y con ella la necesidad de dar una respuesta al problema, que era lo que había motivado a Trotsky a formular su propuesta. En ese contexto de descontento social, finalmente, los hechos se precipitaron cuando, mientras se iniciaba el X Congreso del Partido, se produjo la rebelión de la Guarnición de Krondstadt.

Los marinos de Krondstadt, que habían sido “…la gloria de la Revolución” según Trotsky, y con quienes había forjado un vínculo directo, se levantaban contra el poder soviético. Pero el Krondstadt del ’17 no era el del ’21. La inmensa mayoría de los marinos revolucionarios de Octubre habían participado de la Guerra Civil y muerto en ella o servido en otras regiones. No se trataba ya del Krondstadt que había aclamado a Lenin y a Trotsky.

Las demandas de los marinos, que intentaban apoyarse en el clima de descontento de la población, tenían en este caso un carácter marcadamente antibolchevique. La idea de “Soviets sin bolcheviques” y la de la “tercera revolución” dieron un carácter político a la sublevación, que impidió la posibilidad de una negociación. Los bolcheviques estaban convencidos que, objetivamente, detrás de la rebelión de Krondstadt, se abriría el camino a la contrarrevolución. Trotsky, como jefe del Ejército Rojo, dio el ultimátum el 7 de marzo, y la fortaleza fue tomada después de durísimos combates, que dejaron miles de muertos.

Algunos datos muy interesantes sobre la sublevación aparecen en el libro del historiador anarquista Paul Avrich, Krondstadt 1921. Entre la propaganda de los marinos había materiales que aludían negativamente al “judaísmo” de Trotsky y otros bolcheviques. El jefe militar de la sublevación, el ex general zarista Kozlovski, uno de los “especialistas miitares” que integraban el ejército rojo, recibió mensajes de apoyo del general Wrangel, que le prometió enviar tropas desde Constantinopla. Stepán Petrechenko, el jefe político, había intentado unirse al ejército de Wrangel varios meses antes. El 11 de febrero, el diario parisino Le Matin publicó una noticia anticipando el levantamiento. “…la Unión Rusa de Comercio e Industria de París manifestó su intención de enviar alimentos y otros abastecimientos a Kronstadt”. Entre la propaganda de los marinos, hubo materiales que aludían al “judaísmo” de Trotsky y otros bolcheviques.

Con todo, Krondstadt “iluminó la realidad mejor que cualquier otra cosa”, según señaló Lenin. El comunismo de guerra fue reemplazado por la NEP, y se inició un nuevo ciclo marcado por peligros relativamente inesperados. Un período marcado por la aceleración del proceso de burocratización, la muerte de Lenin y la lucha dirigida por Trotsky por continuar con la perspectiva revolucionaria mundial en oposición al engendro del socialismo en un solo país que, bajo el calor protector de Stalin, incubaba la naciente burocracia.

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