“Venezuela bajo fuego” por Jorge Montero

“Volver a la verdad de las viejas rotundas palabras y gritemos por Venezuela y por todos los trabajadores y trabajadoras de la tierra, que somos anti-imperialistas, que creemos en la democracia con apellidos, aquella democracia que se construye a partir de la voz de las mujeres, de las pobladoras, de todos los pobres y marginados, de los desposeídos, de los trabajadores y de las trabajadoras, de los cesantes, de los jubilados con sus pensiones míseras, de los enfermos, para arrasar con las lacras de la explotación, y levantar como lo vio el joven Rimbaud, la voz infinita y libre de la humanidad entera, esa humanidad se juega hoy, y se juega en todos los rincones de la tierra. Venezuela es hoy en nombre de todos los rincones de la tierra“, Raúl Zurita, poeta chileno.

Por Jorge Montero para Estación Finlandia/

Vivimos un tiempo en que se ha hecho de la revolución un impensable, y la pretensión de ir más allá del capital es descalificada como algo demencial. Un posibilismo imposible, impregna ideas y actos, enmarcados por confinamientos y pandemia. Mientras que la crisis del sistema ha adquirido tal gravedad que nos urge desafiar el sentido común impuesto por esa dictadura del capital. El pueblo bolivariano inmerso en un fárrago de dificultades lo desafía.

Venezuela es un país bajo bloqueo en un contexto de ininterrumpida ofensiva estadounidense en América Latina. El golpe de Estado en Bolivia, dos masacres y persecuciones que desembocan en elecciones amañadas. En lo que va del año 230 personas asesinadas en 56 masacres ejecutadas por las fuerzas represivas en Colombia. Creciente derechización de la política argentina. Últimas fotografías en una época de fuertes disputas regionales que, sin duda, irán en ascenso.

Los últimos meses de 2020 llevan sobre sus espaldas el acumulado de años de un complejo conflicto entre la Revolución Bolivariana y el imperialismo yanqui. Desde la intentona golpista de abril de 2002 contra el presidente Hugo Chávez y el lock-out petrolero de 2002/3, derrotado por los trabajadores que reimpulsaron la producción de hidrocarburos al tiempo que demandaban por la gestión directa y democrática del petróleo venezolano, nunca efectivizada ni bajo dirección de Rafael Ramírez ni por quienes se hicieron cargo de PDVSA luego de su destitución. Para llegar a la declaración de Hugo Chávez afirmando a la Revolución Bolivariana como una revolución antimperialista, en febrero de 2004, de cara a un gigantesco acto de masas en Caracas.

Los enfrentamientos con el imperialismo no hicieron más que intensificarse tras la muerte del comandante Chávez y la asunción de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela. En diciembre de 2015, por primera vez, la oposición derechista toma el control de la Asamblea Nacional, la institución parlamentaria. Desde allí, quien asume su representación, Ramos Allup -hombre de la derecha proveniente de Adeco- impulsa una estrategia de derrocamiento del gobierno nacional, afirmando que en seis meses Maduro será sustituido.

Inmediatamente después, durante el último año de su gobierno, el presidente estadounidense Barack Obama, firma un decreto en el que declara una “emergencia nacional” por la amenaza “inusual y extraordinaria” a la seguridad nacional y a la política exterior estadounidense causada por la situación en Venezuela. Preparando el terreno para llevar adelante una estrategia de bloqueo económico, complementaria del asedio militar proveniente de suelo colombiano, desde las ocho bases militares yanquis distribuidas por su territorio.

En jerga militar: el lanzamiento de una campaña de cerco y aniquilamiento de la Revolución Bolivariana.

Desde ese momento las tensiones no hacen más que incrementarse, hasta que los ‘escuálidos’ de la Asamblea Nacional avalan la autoproclamación de uno de sus miembros menos relevantes, Juan Guaidó, como “presidente encargado” de Venezuela. Alegan que terminó el mandato de Maduro y no reconocen las elecciones de mayo de 2018 cuando fue reelecto por amplia mayoría, en la pretensión de crear un gobierno paralelo. Un régimen fantoche sin control territorial, ni apoyo en la población, ni mando sobre las fuerzas armadas. Cuyo único sostén es la pretendida legalidad que le da el imperialismo estadounidense, sus adláteres europeos y los genuflexos gobiernos latinoamericanos nucleados en el agonizante Grupo de Lima, del que continúa formando parte el gobierno argentino. Más de 90 países reconocen la ‘legitimidad’ del autoproclamado y da comienzo el despojo abierto.

Para el presidente Alberto Fernández y los suyos, Venezuela se ha convertido en un estigma con el que nadie del peronismo quiere cargar. Hablar mal del proceso bolivariano se ha convertido en Argentina en un recurso de sensatez política.

La figura de Juan Guaidó como presidente autoproclamado de Venezuela ha resultado un rotundo fracaso político. No logró recuperar iniciativa política, convencer o deshacerse de las pruebas sobre manejos fraudulentos de fondos que lo rodean y sus estrechas relaciones con los paramilitares colombianos. Ya queda poco y nada del momento glorioso de su paso por el Congreso estadounidense y la Casa Blanca hace solo siete meses atrás. El último sopapo se lo propinó el propio presidente Trump, cuando en una entrevista reciente mostró sus dudas sobre Guaidó. ¿Por qué no las tendría acerca de quién no ha logrado una sola victoria interna desde que fue nombrado por su administración el 23 de enero de 2019?

Sus apariciones públicas, sus intentonas golpistas o su vinculación con los mercenarios de la Operación Gedeón que llegaron a Venezuela el pasado mes de mayo, y fueron rápidamente reducidos por un grupo de pescadores de Chuao en Aragua, terminaron en rotundos fracasos. La institucionalidad paralela y virtual no logró ninguno de los objetivos políticos delineados por la Casa Blanca.

Sin embargo, visto como mecanismo para justificar robos de bienes venezolanos, el saldo es diferente. En ese plan de despojo se articulan gobiernos, transnacionales, jueces, abogados y operadores políticos.

El 25 de enero, dos días después de su autoproclamación, el secretario de Estado, Mike Pompeo, le dio autoridad a Guaidó “para recibir y controlar ciertas propiedades en cuentas del Gobierno de Venezuela o del Banco Central de Venezuela (BCV) en poder del Banco de la Reserva de Federal de Nueva York o cualquier otro banco asegurado en EEUU”.

Solo tres días después la Casa Blanca emitió una orden ejecutiva que bloqueó “todos los bienes e intereses en propiedad de PDVSA sujetos a la jurisdicción de los EEUU”. Y en agosto de 2019 embargó todos los activos venezolanos en su territorio, incluyendo a CITGO la empresa filial de PDVSA (Petróleos de Venezuela) en Estados Unidos, cuyo manejo se transfiere a Juan Guaidó. Se trata de uno de los mayores activos venezolanos en el extranjero, valorado en alrededor de 8.000 millones de dólares, con una estructura de tres refinerías con capacidad cercana a los 749.000 barriles diarios, y unas 6.000 estaciones de servicio distribuidas en franquicias por el país.

Poco después, en otro escándalo internacional, se difunde la noticia de que el presidente Trump utilizó 601 millones de dólares de esos fondos para construir el muro en la frontera con México.

El plan de despojo no se detiene. El Banco Central de Venezuela tiene, como los bancos centrales de otras naciones, oro resguardado en el Banco de Inglaterra. A finales del 2018 efectuó el reclamo para recuperar 30 toneladas de sus bóvedas. El Gobierno británico, en vista de su reconocimiento al “gobierno interino” de Guaidó negó la solicitud y se lo apropió, de manera ilegal. El reclamo venezolano ante los tribunales británicos exigió la liquidación de su oro, pero a entregarse como ayuda humanitaria, en vista de la difícil situación social producto del bloqueo estadounidense y la pandemia. Pero el juez actuante, evocando glorias pasadas y la tradición británica salpicada de blasones y actos de piratería, negó el reclamo.

Otro frente abierto es la reclamación venezolana por los 159.542 km2 de la Guayana Esequiba. Territorio despojado por la corona británica en 1899, y que la República Cooperativa de Guyana administra como propio, aprovechando este momento de asedio sobre Venezuela. Detrás del intento de apropiarse del territorio en disputa se encuentran las transnacionales petroleras, a quienes el gobierno guyanés ya entregó concesiones ilegítimas para la explotación petrolífera. Una de esas trasnacionales es la petrolera Exxon Mobil, con la cual se desató un incidente en diciembre del 2018 cuando la marina bolivariana interceptó dos de sus buques, enviados por el gobierno de Guyana, que se encontraban de manera ilegal en aguas venezolanas.

¿Cómo medir entonces los logros de la estrategia estadounidense? Políticamente Guaidó es un fiasco y la derecha escuálida vuelve a fragmentarse. La permanencia de Nicolás Maduro en el gobierno y la convocatoria a elecciones para la Asamblea Nacional en diciembre, son pruebas palmarias. Pero Guaidó o el reaparecido Capriles Radonski son piezas temporales en la política delineada por Washington.

En cambio, los despojos de activos, de oro y de territorios no son diseñados para ser transitorios en la estrategia imperialista de agresión económica, que se inscribe en el marco de una guerra, por ahora, no convencional en busca de la desarticulación del país.

El imperialismo ha creado una situación de guerra civil, que el gobierno bolivariano ha desarmado y que la derecha escuálida no ha tenido capacidad de movilización para desarrollar. Sólo queda en pie la larga obsesión y obstinación del imperialismo yanqui, asumida con mayor agresividad por el gobierno de Trump, para liquidar a la Revolución Bolivariana. Sin embargo, una y otra vez, comprobaron que tampoco es tan sencillo soliviantar contra el gobierno a las bases populares del chavismo, civiles o militares, a pesar de las serias dificultades cotidianas que atraviesa la población.

Con Maduro en la presidencia, desde 2013, el imperialismo se trazó como ruta para su derrocamiento impulsar la guerra civil, para lo cual cuenta con el auxilio interno del sector fascista de la derecha. Para ese fin viene ensayando diversos atajos, terrorismo, revueltas callejeras, sublevaciones militares, asesinatos… Aunque novedoso por su forma operativa, el reciente intento de la “operación Gedeón” es uno más en ese camino y hay firmes razones para pensar que tampoco será el último. El cerco sobre Venezuela se estrecha. Cada intentona tiene múltiples brazos ejecutores, pero una dirección de mando única, política, militar y logística, en Washington.

La urgencia estadounidense pasa ahora por consolidar su predominio político y económico en el continente, descontando que el militar nadie puede disputárselo. Una urgencia que se acrecienta por dos razones. La primera es la amenazante sombra del rebrote de una crisis económica global, más grave que la de 2008 -nunca resuelta, aunque mitigada por breves lapsos de recuperación- lo cual tensa en extremo la disputa intercapitalista global que, bajo la forma de una “guerra comercial”, mantiene con la ascendente China y también con Rusia, una renovada potencia militar. En esa confrontación América Latina es sólo una parte de un teatro de operaciones más extenso, pero es la pieza que los yanquis consideran su intocable patio trasero.

Además, el reverdecer de la crisis también encuentra a la economía de Estados Unidos -la más grande del mundo- en peores condiciones estructurales que la de su oponente asiático, y sin duda quedará más averiada por la gestión irracional de su gobierno para enfrentar la pandemia, tanto en lo social como en lo económico. Las masivas movilizaciones y enfrentamientos, que dieron visibilidad internacional al Black Lives Matter (las vidas negras importan) no hacen más que resquebrajar la mítica imagen del “sueño americano”. Para peor en tiempos marcados por una convulsa renovación presidencial.

La segunda razón es que las gobiernos derechistas de la región, que funcionan como fuerza operativa de los intereses estratégicos imperialistas, vienen sufriendo notorios reveses en el último período, tanto a causa de los desastres económicos y sociales que producen, como por la reaparición de significativas movilizaciones populares, entre las que resalta la explosión inédita de la juventud chilena -que agrietó los cimientos del Estado pinochetista enmascarado- y en menor medida, las que también conmovieron a Ecuador, Colombia y Bolivia.

Con claridad el militante internacionalista Norberto Bacher plantea los desafíos que tiene por delante la clase trabajadora bolivariana: “la recuperación productiva del importante sector estatizado es vital para resistir el cerco imperialista. Si la recuperación se logra en base al papel protagónico de sus trabajadores, mediante la gestión directa y democrática de esas empresas, se abriría una perspectiva trascendente, que va más allá de la resistencia que exige esta coyuntura. Es el puente por el cual se podría transitar de la actual situación de extrema defensiva a la de una futura ofensiva cuya prioridad consiste en desarrollar ‘la capacidad de maniatarle las manos a la burguesía’, como les planteaba Lenin a los trabajadores de su país poco antes de su muerte, refiriéndose a la aguda conflictividad que caracteriza a las economías en transición. Una parte del pueblo trabajador viene desarrollando con sus actividades productivas esa lucha desde las comunas, rurales y urbanas, muchas veces en medio de las trabas burocráticas que surgen desde el seno del mismo Estado”.

Las y los trabajadores de las grandes empresas estatales enfrentan nuevamente ese desafío de su auto-organización consciente en función de que realmente se transformen en una “propiedad social”, interviniendo desde la planificación de lo que se produce, como se produce, para quien se produce, es decir en todo el proceso integral del trabajo, dentro de una planificación general. Para ganar esta batalla no sólo deberán seguir resistiendo al imperialismo, sino derribar los múltiples cercos interiores que se nutren de la cultura capitalista, entre ellos los de la burocracia estatal, que frustró intentos anteriores.

En contra de la opinión de numerosos ‘analistas especializados’ de derecha e izquierda, el pueblo bolivariano ha demostrado en todos estos años de barbarie imperialista que desarrolló una notable capacidad de resistencia que no para de revolucionarse.

Son las milicias populares abortando la intentona de un grupo comando teledirigido por la Casa Blanca. Es la lucha sin cuartel contra el virus del Covid-19, en medio de escaseces medicamentosas, y que muestra a Venezuela -con la invalorable cooperación de los internacionalistas cubanos- a años luz de los datos catastróficos de víctimas de las grandes economías capitalistas e incluso muy por debajo de los estragos causados por la pandemia en los países de la región. Son un sinnúmero de “colectivos”, con amplia cobertura territorial, que expresan la pluralidad de vertientes que sostiene al proceso bolivariano: desde los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) vinculados al aparato estatal con la tarea central de distribución de alimentos subsidiados, pasando por los Consejos comunales y las Comunas, que reflejan distintos niveles de auto-organización social tanto para las tareas comunitarias como para la producción; hasta la organización política de las bases del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) más vinculada a la movilización popular.

Chávez lo repetía una y otra vez: “para acabar con la pobreza hay que darle Poder a los pobres”

Estamos convencidos de que más allá de las enormes dificultades que afronta, de las contradicciones internas que existen en toda sociedad y en toda fuerza plural de masas, el pueblo bolivariano no está dispuesto a claudicar en su lucha contra el imperialismo. Para quienes sostenemos una conciencia antimperialista, de autodeterminación de los pueblos, urge brindar solidaridad y denunciar el accionar criminal de Estados Unidos y sus adláteres del hemisferio.

Entender que es inseparable el destino de Venezuela de la suerte de las masas del continente, su resistencia y la perspectiva socialista para América Latina.  

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